entre bastidores

Periodistas de los nervios con el Twitter

27.08.2013 | 02:00

Uno tras otro, el periódico ha ido recibiendo sucesivos asaltos a lo que en un tiempo fue monopolio de la intermediación informativa. Durante unas décadas y en algunas partes del mundo, el cotidiano impreso fue el canal por definición, y su influencia era enorme, puesto que decidía lo que se comentaba y lo que se callaba. El único freno a tanto poder eran los demás periódicos: la competencia como contrapeso. Pero todo pasaba por las rotativas que vomitaban millones de copias. Los gobernantes para dirigirse a los gobernados, los ciudadanos para exponer sus quejas, los opinantes para tirarse las opiniones a la cabeza. Los vendedores para darse a conocer, los compradores para saber, los organizadores de cualquier evento para conseguir asistentes. Cuentan que una huelga en el Sud-Ouest de Burdeos provocó alteraciones como una caída en la asistencia a las salas de cine e incluso a los funerales, pues los bordeleses no sabían qué películas daban ni quién había fallecido.

Eso ya no es así, desde hace tiempo.

Primero fue el asalto de los medios audiovisuales. La radio, que la política de masas convirtió en gran medio de propaganda. Altavoces llenando la calle con discursos radiados. De Gaulle y sus arengas desde la BBC de Londres. Luego llegó la tele, y el mismo De Gaulle le preguntó a Kennedy: ¿cómo puede usted gobernar sin controlar la televisión? Pero ambos eran y son medios verticales, desde un emisor único hacia una multitud de receptores. No son el mito idealizado del ágora griega, sino el púlpito del templo. Hasta que llegó internet y con él las redes sociales, los blogs y los microblogs, y cualquiera se pudo convertir en editor unipersonal. Ya no es cierta la frase de Roger Garaudy, para quien la libertad de prensa empezaba en los diez millones de francos (de los años sesenta). Ya no han que pedir una licencia al gobierno para una difusión amplia (broadcast) de vídeos y de sonidos. El resultado aparente es una algarabía sin sentido, pero cientos de millones de personas se orientan fácilmente en ese territorio.

Una consecuencia práctica de la novedad es que los protagonistas habituales de la información pueden comunicarse directamente con la gente que está pendiente de ellos sin necesidad de los intermediarios. No solo de primaveras árabes habla la red. Las grandes estrellas del pop musical tienen millones de seguidores en sus cuentas de Twitter. Es más: el dato se considera un indicador de popularidad. Si quiere saber qué ha desayunado su actriz favorita no es necesario que vaya a las revistas del corazón. Cuando otean a un paparazzi, se hacen ellas mismas la foto, la cuelgan en su microblog y la exclusiva se va al agua. Los parlamentarios retransmiten en directo los debates del parlamento con sus comentarios. Y los gobernantes se dirigen directamente a sus votantes. Barack Obama tiene casi 36 millones de followers en Twitter. Le superan Justin Bieber (44 millones) y Lady Gaga (40 millones). Bieber usa su cuenta para escribir cosas como: "Gran día"; "Gran cena, la vida es maravillosa"; "El arte está en todas partes, espera lo inesperado". Obama, cuya cuenta en realidad es operada por su equipo de prensa, difunde titulares trufados de autobombo que llegan directamente a 36 millones de personas y son reenviados a varios millones más. ¿Tiene algún sentido que la prensa diga lo mismo al día siguiente?

Ante la irrupción de los medios audiovisuales, los periódicos, con más o menos resistencia, acabaron abandonando los terrenos en que la nueva competencia les llevaba ventaja y se centraron en las cosas que podían hacer mejor. El viejo dicho: la radio da la noticia, la televisión le pone imágenes, el diario la interpreta. Y hace más cosas: investiga, reflexiona, levanta secretos, elabora dosieres complejos. O se especializa. Y así ha ido trampeando los cambios, sin dejar de hablar nunca de su crisis eterna.

¿Qué está haciendo ahora la prensa ante la nueva revolución, la de las redes, la de los ciudadanos emisores? Por de pronto, ponerse nerviosa. Y no sólo ella: también la radio y la televisión. Todos están deslumbrados, como hipnotizados, y atemorizados al mismo tiempo. Si Justin Bieber, Lady Gaga y Barack Obama pueden llegar directamente a la audiencia, ¿qué clase de intermediación van a ejercer los medios de masas? Si los propios periodistas están pendientes de Twitter para saber lo que hacen y lo que dicen los protagonistas de la actualidad, ¿para qué los necesita el público?

Aún falta tiempo para que se produzcan las adaptaciones necesarias a estas nuevas realidades. Mientras tanto, un efecto casi ridículo se está produciendo; con la idea de que la red es lo que cuenta, hay quien se dedica a llenar las páginas con decenas de mensajes tuiteados, sin más. No se trata ya de divulgar tuits comprometidos, sino de adorar a Twitter como manantial de la verdad. Y así, el medio supuestamente más reflexivo y reposado se aboca a reproducir los contenidos del medio más nervioso e irreflexivo.

No hay futuro para los empleos que hacen lo que pueden hacer las máquinas o los asalariados infrapagados del tercer mundo. Recortar y pegar tuits sin más responde a esta descripción. Los tuits son una materia prima para el periodista, una más, pero solo creará valor si la utiliza junto con otros materiales para construir algo nuevo e interesante.

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