la ciprea

El camino a Damasco

27.08.2013 | 02:00

En 1995 se publicó Tránsito, un pequeño libro de poemas escrito durante mi viaje a Damasco en 1989. Hay en ese libro unos versos que me golpean sin cesar estos días: "El rey, mi padre, ha sembrado el desierto de metralla y miles de soldados se encargan de regar cada mañana los bosques de cipreses que llevan a Damasco. El desierto de Al-Badia me ha secado los ojos y el aire, terriblemente cálido, me ha convertido en grietas las pieles de los labios. El sol de las montañas es un viejo enemigo para el pueblo de Siria que camina sin tregua las tumbas de Damoar. No perdona a los niños ni a las madres ya ancianas ni a los hombres sin brazos de las tribus del norte. "Los hijos de la nube" nunca van al oeste y hace ya mucho tiempo que perdieron el rastro de aquellas caravanas de sal y de misterio. ¿Qué vendaval de muertes? ¿Qué Sharav del desierto arrasó con sus casas, sus hijos, sus cosechas?". Los escribí entonces aunque nada había a nuestro alrededor que hiciera presagiar tanto dolor, tanta masacre como la que estamos contemplando; si acaso un silencio en las casas, un hablar en voz baja, un vaciarse las calles al anochecer, algunas miradas de soslayo ante una frase que parecía sin importancia, la figura del líder en cada puerta, en cada bazar, en cada mezquita... Todo un escaparate que me hacía recordar otras dictaduras en las que el miedo obraba el milagro de aquel sigilo, de aquella aparente tranquilidad. Recuerdo, sobre todo, aquel espectáculo camino de Palmira en que vimos montañas de un verde oscuro bordeando las carreteras de arena amarilla y ante mi pregunta de a qué era debido tal contraste, el chofer que nos conducía a las ruinas de la antigua ciudad romana en el norte del desierto de Siria nos dijo que no eran montañas, que eran tanques y coches militares inservibles. Ese día escribí el poema citado. En él quería expresar un miedo antiguo ante la presencia de lo que había marcado en España a toda una generación. Y ese mismo día comenté a los sirios que nos habían invitado a cenar que la aparente tranquilidad de la ciudad era solo un espejismo. La realidad estaba colgada en todas partes y tenía nombre y apellidos. Y no me equivoqué. Su hijo, heredero de la soberbia y la crueldad del padre, vuelve a sembrar el desierto de carros de combate a los que añade cuerpos mutilados, cadáveres de mujeres y niños, y el testimonio de tantos hombres y mujeres, ya ancianos, que llevaban años alimentándose del miedo y del silencio y nunca imaginaron que sería así de sangrienta la batalla final.

Miembro del Consejo Editorial de la opinión de tenerife

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