crónicas galantes

Minicapitalismo a la cubana

25.08.2013 | 02:00

Fascinado por el régimen de los hermanos Castro, el actor español Willy Toledo acaba de instalarse en Cuba para elogiar –paradójicamente– los logros propios del capitalismo y la seguridad que tanto aprecian las gentes de orden. Apenas un mes después de su avecindamiento en La Habana, el bueno de Willy no para de alabar la tranquilidad que se disfruta en sus calles y lo mucho que ha mejorado la economía de ese país gracias a los "negocios" (privados, naturalmente).

Lo que le mola –o le priva– a Toledo son las modestísimas privatizaciones que el general Raúl, hermano del comandante Fidel, ha autorizado a los cubanos para aliviarles un poco las penurias propias de un sistema en el que todo (incluso la gente) pertenece al Estado. Con admiración rayana en la inconsciencia, el actor celebra la "nueva apertura económica" que permite a los ciudadanos de la isla montar pequeños talleres de reparación de móviles, casas de comidas e incluso "cuchitriles enanos donde hacen jugos". Así pueden "depender económicamente de sí mismos", dice.

Nadie parece haberle explicado a Toledo que ese es precisamente el fundamento del sistema capitalista. Tanto da si se hace a pequeña escala como en Cuba o a la manera un tanto bestia del capitalismo de Estado que aplican en la República Popular de China los herederos de Mao Tse Tung.

Se trata de contradicciones menos infrecuentes de lo que pudiera parecer. Muchos de los que en España claman contra las privatizaciones –a veces, no sin razón– son los mismos que subcontratan el transporte público, el abastecimiento de agua y hasta la gestión de las multas de tráfico a empresas privadas en aquellos ayuntamientos que gobiernan o han gobernado.

La derecha, históricamente colgada de las sotanas de los curas y parapetada tras las guerreras de los militares, ha cambiado mucho más en este país. Cierto es que parte de ella sigue teniendo una extraña fijación con el aborto y otros asuntos de costumbres; pero en lo demás empieza a parecerse a cualquiera de sus pares del resto de Europa.

La que no ha cambiado de discurso es cierta rama de la izquierda que sigue creyendo en la maldad intrínseca del capitalismo y en los horrores que traen consigo la iniciativa privada y el libre comercio de mercancías, tan apreciado sin embargo en Pekín. De ahí que algunos de sus militantes, como el mentado Willy Toledo, tengan que irse a vivir a Cuba para mudar de opinión y valorar las ventajas de los "negocios".

Cuba es, en realidad, todo un ejemplo de privatización llevada al límite. Una sola familia (la de los Castro) ha convertido el país en su isla privada desde hace más de medio siglo, aunque esto no constituya novedad alguna en Latinoamérica. Lo mismo hicieron los Somoza en Nicaragua, propietarios de esa república durante dos o tres generaciones; o los Duvalier que instituyeron en Haití una dinastía de tiranos de similar duración. Los unos se reclaman de la izquierda extrema y los otros de la más extrema derecha; pero poco importan aquí las ideologías. Si acaso, habría que atribuir estas singulares costumbres a la herencia de despotismo y latifundio que España legó a sus antiguas colonias.

Lo que Willy Toledo ha descubierto ahora –casi sin darse cuenta de lo que dice– es la tímida llegada de la modernidad a la que un día fue joya de la Corona. No hay como viajar para instruirse.

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