zigurat 

Leer buenos libros

24.08.2013 | 02:00

Todas las estaciones son válidas para emprender la aventura estática de la lectura. Entre ellas, el verano, la más señalada dada la mayor cantidad de horas libres, cuestión del todo controvertida. Entonces, leer y releer –sea cual sea la estación–, lo cual en muchas ocasiones comporta la complementariedad de hojear y ojear, de manera que al siempre ejercicio escrutador de una mirada que se desea lo más atenta posible, proceder también a leer lenta y analíticamente, y hasta subrayar debidamente –sana complicidad con el escritor– renglones, resultando tentador ojear páginas anteriores y posteriores. Esto suele sucederle a los lectores inquietos, e ingente su cantidad. Aludo a la lectura ya que existe un escritor que presta esmero a las cualidades propias del lector (página 148 de la obra que brevemente abordo). Obra ante la cual he intentado hacer coexistir las dos legítimas posibilidades: hojear y ojear, o sea, "mover o pasar ligeramente las hojas de un libro...", o "mirar superficialmente una cosa"; así, una distinción: mirar con conocimiento previo, para nada condicionado. Me ha sucedido con este muy gratificante libro, motivándome la decidida intención en concluirlo: Los mundos de Haruki Murakami, del notable escritor Justo Sotelo (Izanaeditores, 329 páginas, Madrid, 2013), creador de quien ya leí, hojeando y ojeando, su novela Las mentiras inexactas (Izanaeditores, 232 páginas, Madrid, 2012), y de la cual sólo expresaré una personal opinión: una buena novela.
En la oportunidad que nos brinda la tediosa recta de agosto, y mediante el pendular hojear y ojear, consta el esfuerzo genesíaco implícito en Los mundos de..., trascendiendo lo académico y facilitando así una brillante aportación referida a buena parte de las novelas y textos narrativos de Haruki Murakami. Se trata de un libro que participa de una avanzada concepción crítico-creativa, considerando los argumentos que Justo Sotelo sabe exponer solventemente, y mediante sus propias opiniones logra abundar certeramente sus personales perspectivas, evitando caer en la siempre socorrida tarea de citar inercialmente. Lo escrito y definido por este escritor patentiza un encuentro con el magnífico creador japonés, pero también implica un fecundo y original afán constructivo. Diseccionando minuciosamente la mayor parte de las obras de Murakami, sabiendo establecer diversas influencias en él concretadas, delimitando la cultura nipona y el peso sustantivo que ha tenido o no en sus hechuras, develando ciertos rasgos constitutivos que perfilan su figura, convirtiendo a Murakami casi en un singular personaje redondo para nada extraño en el riguroso discurso expositivo-analítico, obtiene un neto protagonista vívido dadas las dotes críticas y literariamente elaboradas del creador de Los mundos de Haruki Murakami, y haciendo resaltar significativamente la amenidad. No se trata de una entrega cuantitativa, sí de una aportación ricamente cualitativa.

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