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Otro baño de sangre

23.08.2013 | 02:00

Cuando yo preparaba el examen de ingreso en el bachillerato, el general Naguib destronó al rey Faruk de Egipto e instauró una república. El rey, un protegido de Gran Bretaña que vivía en el lujo y en el derroche mientras la mayoría del pueblo pasaba hambre, se fue al exilio a disfrutar del dinero robado. Durante un tiempo, supimos de las andanzas por los lugares de ocio del gran mundo de aquel hombre gordito, de bigote y perilla, que solía esconder los ojos bajo unas gafas ahumadas. Iba casi siempre acompañado de bellas mujeres y se convirtió en un símbolo pasajero de la buena vida. Tanto que, los escolares solíamos decir de cualquiera que disfrutase de un cierto bienestar económico que "parecía un Faruk".

Un año después, ya cursando el bachillerato, supimos de la destitución de Naguib y del ascenso al poder de Gamal Abdel Nasser, un personaje político muy atractivo que nacionalizó el canal de Suez, reformó la agricultura, nacionalizó las empresas en manos de extranjeros e inició la construcción de la gran presa de Assuan, una obra de proporciones faraónicas, con el apoyo de la Unión Soviética, sin dejar por ello de fomentar una tercera vía, la de los países no alineados, junto con la Yugoslavia de Tito y la India de Nerhu. La nacionalización de Suez, un paso marítimo de altísimo valor estratégico, provocó la reacción de Gran Bretaña y de Francia, cuyos ejércitos desembarcaron en el país mientras Israel invadía la zona de Gaza y el desierto del Sinaí. Luego, la presión de Estados Unidos y de la Unión Soviética, que amenazó con intervenir, recondujeron la crisis y el canal de Suez quedó bajo custodia de los cascos azules de la ONU. La iniciativa de Nasser para fomentar la independencia de su país, su enfrentamiento militar con Israel y su proyecto de crear una República Árabe Unida, le granjearon una gran popularidad.

Después de su muerte, el general Sadat reanudó relaciones diplomáticas con Estados Unidos y por último con Israel, en un cambio espectacular de alianzas que le supuso la enemistad con otros países árabes. Desde Sadat, que fue asesinado, y de Mubarak, que fue derrocado tras lo que se llamó la "primavera egipcia", el ejército ha detentado el máximo poder y se ha convertido en una fuerza no solo militar sino también económica y política que no quiere renunciar a sus privilegios.

Era previsible que la llegada a la presidencia por vía democrática de un dirigente de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, no sería tolerada mucho tiempo por Estados Unidos, Israel y la Unión Europea. Todas las tácticas previas al golpe de estado fueron utilizadas (vista gorda de la policía hacia la delincuencia, desabastecimiento de combustible y otros bienes de primera necesidad, excitación mediática de la clase media, etc.) y al final intervino el ejército con una brutalidad extrema so pretexto de que los islamistas conducían el país hacia una dictadura religiosa. Los asesinados y detenidos se cuentan por miles mientras las bien pensantes seudodemocracias occidentales miran para otra parte. Ya hicieron lo mismo cuando se permitió al ejército argelino echar del gobierno a los islamistas que habían ganado las elecciones. El baño de sangre está garantizado.

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