las siete esquinas

Los bárbaros ya están aquí

22.08.2013 | 02:00

Hace dos o tres años, en un festival de poesía, conocí al poeta egipcio Mohamed Metwalli. Mientras bebíamos cerveza en un bar lleno de humo, Mohamed Metwalli me contó muchas cosas sobre Egipto, un país que por desgracia no conozco (ni creo que, al paso que va, pueda conocer en un futuro más o menos próximo). Mohamed me habló, por ejemplo, de la influencia de la luna en la poesía árabe, ya que en árabe la luna es una palabra masculina y el sol es femenino, así que el elemento poderoso en el imaginario poético no es el sol, sino la luna. Y luego empezó a hablar de historia, y me habló de la desgracia que supuso para su país la expulsión de los armenios y griegos e italianos y judíos que habían vivido desde hacía siglos en Egipto, sobre todo en Alejandría, cuando en 1952 los militares panarabistas de Nasser expulsaron al rey Faruk y se hicieron con el poder. Y también me habló del rey Faruk, que él no había llegado a conocer –Mohamed nació en 1971–, y que huyó de Egipto con un montón de baúles cargados con joyas y con su magnífica colección de pornografía, además de una fortuna que alcanzaba los doscientos millones de dólares ¡de 1952! Pero en la época del rey Faruk, según decía el poeta Metwalli, había habido mucha más libertad en Egipto que la que hubo en las seis décadas siguientes de dictadura militar, incluyendo los tiempos recientes de Hosni Mubarak.

Ayer, Mohamed me mandó un correo electrónico en el que me resumía la situación que vive su país: "Los fascistas islámicos están destruyendo todo lo que no han podido controlar: los parques, las iglesias, los museos. Los bárbaros ya están aquí. Por suerte, el ejército va a echarlos". Me sorprendió la violencia con que se expresaba un hombre tan bienhumorado y tranquilo como Metwalli, que además me había elogiado hace años al ejército egipcio porque siempre había perdido todas las guerras en las que había participado, un motivo de elogio que no suele ser habitual a la hora de hablar de ningún ejército en ninguna parte del mundo. Para Metwalli, en cambio, haber perdido todas las guerras era un motivo de orgullo, ya que los egipcios –según me contó– eran un pueblo tan poco belicoso que nunca oponía resistencia cuando alguien les atacaba.

Lo malo era que las imágenes que se veían en la televisión desmentían todo lo que me decía Mohamed en su correo. El ejército egipcio
parecía guerrear contra los manifestantes islamistas, y se comportaba con una brutalidad desmedida que contradecía esa fama de derrotista y de abúlico. Y por lo que se veía en los informativos, si había fascistas en Egipto, no sólo eran los islamistas, desde luego. Pero me temo que Mohamed Metwalli estaba reaccionando de la forma visceral en que uno se comporta cuando le toca vivir una situación de casi guerra civil. Y en esa reacción instintiva no caben las matizaciones ni las sutilezas, sino que uno se suma a uno de los dos bandos con todas las consecuencias, y no porque tenga una preferencia particular por ese bando, sino porque sabe que el otro bando –con razón o sin ella– ya le ha clasificado como "enemigo", así que uno no tiene ninguna posibilidad de salir bien parado si gana ese otro bando. O sea, que uno no tiene más remedio que agarrarse como un clavo ardiendo al otro bando que no le considera ni "enemigo" ni "traidor", porque ésas son las leyes injustas e inflexibles de un clima de guerra civil (España, en el verano del 36, se parecía mucho a Egipto en el verano del 2013). Y eso es lo que ha tenido que hacer Mohamed Metwalli en el Cairo del verano de 2013: el odio y el temor a los "fascistas islámicos" no le permite adoptar una postura razonada ni ecuánime. Tiene que elegir entre la brutalidad de ese ejército que no ha ganado ninguna guerra, o la imposición de una forma de vida con la que no está en absoluto de acuerdo. Y él tiene muy claro lo que elige, y con todas las consecuencias.

Conviene recordar que Mohamed Metwalli es un musulmán laico que no frecuenta las mezquitas y que bebe alcohol (y mucho: yo le vi comprar una barrica de bourbon de cuatro litros), y que come carne de cerdo sin ningún recato, algo que en Egipto es una especie de sacrilegio, y que encima vive con una mujer occidental. Dicho de otro modo, es un "infiel" o un "réprobo", y los islamistas tienen muy claro lo que harían con esta clase de infieles y réprobos. Y nos guste o no, una persona como él no tiene opción a la hora de elegir entre un fascismo u otro.

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