sólo será un minuto

Avería

22.08.2013 | 02:00

Era el día más importante en la vida de Ángel. La entrevista de trabajo que podía marcar un antes y un después en su carrera. Dejar un trabajo que le empobrecía o iniciar otro que podía enriquecerle en todos los sentidos. Estaba en la edad ideal: 35 años. Ahora o nunca. En la plenitud de facultades, con experiencia suficiente e ilusión de sobra, aún lejos de la madurez total pero ya sin las inseguridades del principiante. Así que no podía fallar.

Su curriculum era potente pero el cara a cara con su examinador era vital: había muchos candidatos tan bien preparados o más que él, y su gran baza era lo que su exnovia valoraba como su virtud más consistente: sabes cómo hacer que los demás se sientan a gusto.
Cenó ligero para garantizar una buena digestión, tomó una infusión relajante y dejó las persianas alzadas para que fuera el primer sol de la mañana el que le animara a abrir los ojos. Las medidas surtieron efecto y se levantó en plena forma.

Desayunó cereales y fruta para tener el estómago bien pertrechado de fibra, sacó del armario el traje de las grandes ocasiones y la corbata de la suerte, y se metió en el plato de la ducha. Abrió el grifo. Y no salió agua. Ángel sonrió. Siempre sonreía cuando la vida le gastaba una broma pesada. Como si la incredulidad le hiciera gracia. Abrió y cerró el grifo varias veces. Nada. Ni una gota. Salió y corrió a la cocina.

Tampoco había agua. No era posible. Dentro de una hora debería presentarse en un despacho a gestionar su futuro, y no podía hacerlo si no estaba sin resto alguno de suciedad que perforara sus defensas. Su punto fuerte era su seguridad en sí mismo. Su punto débil era su obsesión por la higiene.

Se puso el chándal y llamó a la puerta del vecino. Creo que es una avería general, le apuntilló. Angel volvió a su apartamento. Se vistió, se empapó en colonia, llenó de polvos de talco los zapatos y engominó el pelo. Cuando llegó a la entrevista le dijeron que debía aplazarse, el entrevistador estaba enfermo. Salió a la calle perplejo, sin saber qué sentir, y agradecido a la lluvia torrencial que empezaba a caer.

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