por peteneras

Guerra de cofradías

21.08.2013 | 02:00

Puede que el cemento con que se articulan las cofradías resulte imprescindible para que cuajen. Un material no muy diferente al que sustenta los clubes sociales, las bandas de moteros o las sectas ocultistas. Una argamasa que es la de la misma sociedad, construida por agregación de racimos hasta que alcanzan la masa crítica que permite una estructura frondosa y sostenible. Eso, o que todo explote. Al fin y al cabo, la humanidad, como proyecto, es una manifestación de la hermandad genética que nos lleva, con gusto o sin él, a aficionarnos a unos seres y a rechazar a otros. Luego llega el acuerdo comercial, con lo cual se cierra el círculo y se asegura la imagen apacible del sistema, la apariencia de paz de la representación. Pero la paz –¡ay!– es un concepto de mercado, tan sutil como las conclusiones de una encíclica, que no se cuantifica del mismo modo si se pesa con papel de estraza que sin él, y que surge de un acuerdo entre las dos partes que tiran de la cuerda. O una se rinde y desiste, o ambas aceptan el equilibrio y comparten las provisiones. Cualquier arreglo es posible mientras las cofradías son laicas –en el más profundo sentido–, pero resulta muy difícil si alguna de ellas está convencida de que el mundo se explica únicamente desde un rincón de la sala, a través de unas señales y no de otras, con unos dioses y no con sus opuestos, sus imágenes especulares y sus complementos. La dificultad, sin embargo, va mucho más allá de la ideología o la teología si en uno de los lados, además, se sitúa la milicia, generalmente incapacitada para otra cosa que no sea llenar las calles de sangre, y acostumbrada a imponer el dogma a golpe de fusil. Los pueblos de Oriente Próximo llevan siglos inspirando con sus tragedias reales los designios divinos, aportando elementos dramáticos para los guiones de los relatos bíblicos, mostrando escenas características de la barbarie humana, matándose entre parientes con la daga en una mano y el libro sagrado en la otra. La habitual fraternidad entre la espada y el icono religioso, casi como caras contrapuestas del mismo principio de intolerancia, ha mantenido a la humanidad en guerra una buena parte de su historia, sobre todo en esa región maldita y azotada por el odio. Hay pocos países de la zona que no estén implicados en una contienda, que no vivan bajo un conflicto armado permanente, que no tengan ocupadas la mayoría de las camas de campaña, que no confronten la crueldad de sus dioses en el campo de batalla, y que no dilapiden su presupuesto en armas, mientras el hambre castiga a la población. Unas armas, por cierto, que les venden los mismos que condenan la violencia, llaman al diálogo y subrayan la elegancia social de la política. Lo cual que todos somos cómplices, aunque los muertos, al menos de momento, sean solo suyos.

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