tribuna abierta

Como yo te amo

21.08.2013 | 02:00

El amor, como algunas herbáceas, prende y crece hasta en el más inhóspito pedregal. Véanlo: justo en el centro del vendaval del "caso Bárcenas" –un tornado de mentiras políticas que arrasa este sistema democrático– brilla una paz de pantuflas y chimenea, es el inexpugnable santuario de dos enamorados, la familia Bárcenas-Iglesias, Luis y Rosalía.

La verdad y la mentira se entremezclan en las manifestaciones del extesorero del PP. Todo es blanco y negro a la vez. Y no sólo el dinero. Hubo un tiempo en el que Bárcenas no reconocía ni su propia letra. De él sólo puede expresarse una verdad incontrovertible: la pasta y la mujer, que no se los toquen. El día en que tiró de la manta ante el juez Ruz, el preso cano de Soto del Real aseguró que está dispuesto a salir de ésta con el cien por ciento de su patrimonio. Y se quedó más chulo que un ocho.

En cuanto a su mujer, también tiene bien marcado el territorio. Cuando Rosalía Iglesias tuvo que declarar en la Audiencia Nacional –con un pasillo de periodistas a la vista– Bárcenas no se cortó en telefonear al presidente del Gobierno. "No te voy a consentir que dejes a mi mujer tirada entre la gente que insulta", dicen que le espetó colérico al gallego del puro. Carallo, la amenaza del "hombre bomba" funcionó. Rajoy se quitó el impermeable y Rosalía entró y salió por el garaje del Juzgado, un privilegio que no había recibido nadie en ese brete. Ni Garzón, ni Botín, ni Urdangarín.

Personalmente, pienso que si hay que gestionar la pareja es mejor el modelo cooperativo, aunque suene a amor de clase media y no como esos idilios de campanillas donde el hombre es el tesorero y la mujer su tesorito. Historias de macho y palomita que se prodigan en las películas y las novelas, pero también en la vida, pese a décadas de reeducación en la igualdad de sexos. Son amoríos que venden mucho, incluso entre algunas mujeres que primero se dicen feministas y luego confunden el romanticismo con la lobotomía.

Luis tiene las llaves de la caja de los truenos del PP y las del corazón de Rosalía y nadie le va a arrebatar ni las unas ni las otras. Bárcenas es el protagonista perfecto para esos romancillos de caballero y doncella, es un paladín, un Action Man con trajes de alpinista y de ejecutivo ejecutor, que hace eslalon al tiempo que desata un alud de millones sobre una cuenta en Suiza. Y todo mientras ella, una princesa,
curiosea antigüedades o espera sentada "en una sillita" de una sucursal de Zúrich a que su marido salve al mundo. "Mi mujer ni firmó ni... La pobre no ha tenido conocimiento de nada", dijo Bárcenas en la última declaración antes de entrar en Soto del Real, cuando volvieron a preguntarle por las cuentas en Suiza. Ay, mi santa, mi santa.

Es verdad que puede olfatearse en todo esto un cierto tufo a machismo, pero, contra lo que dice Tolstoi, todas las familias felices lo son a su manera y, además, también cabe enternecerse por la lealtad inquebrantable que mantiene hacia Rosalía Iglesias el hombre más desleal que pueden imaginar en el PP. Cuentan que él la conoció cuando aún no era el Luis Bárcenas plenipotenciario que llegó a ser, cuando era un chaval apocado, con un traje viejo, unos zapatos rotos y un matrimonio tormentoso. Cuentan que el mundo era gris y neblinoso hasta que apareció ella, astorgana, la quinta hija de un camionero que no podía mantenerlas a todas (una hermana se crio en acogida) y menos estudiarlas, por eso Rosalía no fue a la Universidad. Cuentan que trabajó de dependienta en una peletería de Madrid donde, probablemente, conoció a Ángel Sanchis, por entonces tesorero del PP y "padrino" de Bárcenas en el partido. Él la colocó como secretaria de Jorge Verstrynge en la sede de la calle Génova. Era una chica "guapa, inteligente, trabajadora, fiel y que no creaba problemas", dice su primer jefe. Era perfecta. Luego llegó él, que se divorció y la desposó. Y luego todo se fue llenando de casas y patrimonios, de "pollos" suizos y billetes de 500, de abrigos Chesterfield y de bolsos de Loewe. Y ya ven, en medio de toda esta mierda, está el amor.

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