tribuna abierta

Moneda común versus moneda única

20.08.2013 | 01:18

Hay margen para una gestión democrática dentro del euro? El economista francés Frédéric Lordon lo descarta y ve por el contrario en la construcción europea "una gigantesca operación de substracción política".

Para él, como para el sector más crítico de la izquierda, la moneda única, tal y como fue concebida, representa la claudicación de la política económica europea frente a los mercados financieros.

Éstos no van a permitir ningún proyecto de transformación en profundidad del euro que les prive de su actual "poder disciplinario".
En cuanto se acometiese tal proyecto y se viese su viabilidad institucional, se desencadenarían una serie de maniobras especulativas que lo frustrarían "ab ovo".

Para Lordon, el mayor error, desde un punto de vista democrático, es decir de la soberanía popular, es el hecho de haber escrito en letra de mármol cosas que deberían poder negociarse y revisarse como "la política monetaria, el nivel de endeudamiento público o las modalidades de financiación de los déficits".

El economista francés dice no creer "ni un solo instante" que Alemania vaya a aceptar un día ese mecanismo de solidaridad financiera de la deuda mutualizada –los llamados "eurobonos" en que tanto confían y que con tanta insistencia reclaman los países en crisis– sin exigir a cambio un derecho de control permanente y de tutela de sus socios, que tendrían que ceder así a Berlín lo que aún les restase de soberanía.
Tal y como están las cosas, los países del euro necesitan márgenes de maniobra que por culpa de los tratados ya no tienen: unos requieren aumentar sus déficits, otros, elevar el nivel de inflación o repudiar parte de la deuda.

¿Cómo salir del callejón en que nos encontramos algunos? Lordon no preconiza un abandono sin más del euro –como propugnan algunos para Grecia como primer paso– sino la adopción de la que llama una "moneda común".

Es decir, un "euro dotado de representantes nacionales: euro-francos, euro-pesetas, etc". Denominaciones nacionales, explica, que no serían directamente convertibles fuera: en dólares o en yenes, ni tampoco entre ellas.

La convertibilidad pasaría por un nuevo Banco Central Europeo, desprovisto de capacidad política monetaria –pues ésta correspondería a los bancos centrales nacionales.

La convertibilidad externa estaría reservada al euro y se efectuaría en los mercados cambiarios internacionales a través del BCE mientras que la interna, la de los euro-francos en euro-pesetas o euro-liras, se haría en la red de agencias del BCE a paridades fijas, que se decidirían políticamente.

De esa forma, los países que lo necesitasen por sus fuertes desequilibrios exteriores podrían devaluar sus monedas de forma ordenada y tranquila. Al mismo tiempo podría forzarse una revaluación de los países con fuertes excedentes, como es actualmente el caso de Alemania.
Podemos estar o no de acuerdo con las propuestas que Lordon desarrolla en el último número de Le Monde Diplomatique, pero al menos el economista francés nos invita a una profunda reflexión sobre la urgencia de corregir los actuales déficits democráticos de la construcción europea.

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