tribuna abierta

Estado de irresponsabilidad

19.08.2013 | 02:00

Es el nuestro un Estado de irresponsabilidad. Irresponsabilidad que diariamente exhiben gobiernos de todos los colores y niveles, lo mismo municipales que regionales, a comenzar por el propio gobierno de la Nación. Que afecta lo mismo a partidos que a sindicatos u a otras organizaciones grandes o pequeñas, a empresas que a particulares.

Aquí nadie se reconoce responsable de nada, aunque haya sido sorprendido in fraganti, y no lo hace mientras tanto no se pronuncie la justicia.
Una justicia que ya sabemos que tiene los ojos vendados y a veces, ¡ay!, no sólo metafóricamente. Y que es además, cuando por fin actúa, de más que exasperante lentitud.

Aquí se trata siempre de echar balones fuera, de culpar al de abajo, al que se tiene enfrente o al que ocupaba antes el cargo. Éste a su vez culpará a algún otro, en una cadena de elusión de responsabilidades que sólo termina cuando el delito haya por fin prescrito y ya nada puede hacerse para reparar la injusticia o subsanar el entuerto.

¿No era éste el país del honor? ¿No era eso lo que al menos se desprendía de la lectura de nuestros clásicos? ¿No era esa la cualidad que debía distinguir a los mejores de entre nosotros y que entrañaba, junto a una actitud de respeto hacia los demás, un comportamiento moral intachable?

¿No era lo que más importaba la opinión que los demás pudieran tener de nosotros a la vista de nuestra conducta?

¿No se decía que un hombre sin honor no era nada, que perder la honra y con ella la consideración y el respeto de la gente era casi como perder la propia vida?

¿Qué es lo que ha ocurrido desde entonces?

Ahora parece ser éste sólo el país de los listos y aprovechados, de los desaprensivos y los sin escrúpulos, el país de los pícaros y corruptos, de los mediocres y desvergonzados.

Claro que no hay que olvidar que el género picaresco es nuestra otra gran contribución a la literatura europea.

Si en los países del Norte dimite un político al descubrirse que plagió hace años al escribir su tesis doctoral, aquí se niegan a hacerlo por hechos muchísimo más graves que datan sólo de ayer o anteayer.

Aquí se han violado –o permitido que se violaran– las leyes de financiación de los partidos, se ha abusado del dinero público, se han aceptado sobornos millonarios a cambio de favores urbanísticos o de otro tipo y se ha mentido además sin el mínimo rubor y con la mayor de las soberbias al Parlamento.

Y quienes lo han hecho han recibido los aplausos entusiastas de sus compañeros de escaño, acostumbrados como están a actuar como un solo bloque y a no cuestionarse nunca nada porque les va el puesto en ello.

Y, lo que es todavía más incomprensible, aquéllos pueden estar seguros de no recibir la próxima ocasión en las urnas el monumental castigo que sin duda merecen.

¿No hay algo que funciona muy mal entre nosotros y que habría que intentar corregir entre todos inmediatamente?

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