fin de siglo

La cáscara y la pulpa

19.08.2013 | 02:00

Hay veranos en los que no puede ponerse uno a estudiar la Teoría de la Relatividad sin que le interrumpan con una comparecencia ante el juez Ruz o con un telediario. Imagínense que el compareciente es Cascos, con la cantidad de líquido que desplaza. Si es verdad que somos el 70% de agua, este hombre arrastra un océano con él. Cómo perderte las imágenes de esa masa líquida saliendo de un taxi, penetrando en tromba en el juzgado, arrasando las calles como un tsunami. Cómo perderte al Arenas de la ceja levantada, señalando lo evidente, cuando lo evidente en esta ocasión es lo presunto. O a Cospedal, que quizá intente despistar al juez con un monólogo descacharrante del tipo del finiquito en diferido en forma de simulación...

Yo todos los veranos estudio la Teoría de la Relatividad y todos los inviernos se me olvida. La voy perdiendo poco a poco, como los kilos que cogí en agosto. Pero este año me la estaban explicando con cariño y Einstein, con cariño, entra mejor que Cascos a golpes. Me la estaba enseñando nada menos que Juan Carlos Ortega en un libro titulado El Universo para Ulises. Ulises es el hijo del humorista, y a él va dedicada esta curiosa historia de la ciencia narrada con afecto de padre. A lo largo de su lectura, uno se va convirtiendo de a pocos en Ulises, es decir, en un crío de cinco, seis o siete años que aún no ha perdido el contacto con las dimensiones misteriosas de la realidad, de las que Ortega le habla, sin darse cuenta, con cierta tristeza. A ver, la cáscara de la narración es alegre, pero su pulpa es triste. Y lo que el niño saborea es la pulpa, claro, porque el niño escucha mejor lo que no se le dice que lo que se le dice. ¿Y por qué es triste? Porque el Segundo Principio de la Termodinámica, sin ir más lejos, explicado aquí de un modo que pone los pelos de punta, lo es, es triste, qué le vamos a hacer. Eso de que todo tienda a la homogeneidad, sabiendo que la homogeneidad, como el pensamiento único, es la forma más perfecta de desorden, estremece. Los humoristas son un poco así también: alegres en la superficie, pero afligidos en las profundidades. De la aflicción nace la piedad. De modo que es un libro contado también con piedad, como todos los que merecen la pena. Dennos, por favor, un respiro con las comparecencias y los telediarios.

Enlaces recomendados: Premios Cine