tribuna abierta

Rajoy agota a sus enemigos

17.08.2013 | 02:00

Mariano Rajoy tiene el enemigo en casa. Haber dejado caer en manos de la Justicia al extesorero Luis Bárcenas le expone a dentelladas desde el corazón del PP, desde el antiguo PP. El presidente del Gobierno asiste a una cauterización a la fuerza de viejas costumbres del partido, con el visto bueno de la nueva hornada de dirigentes. La guardia renovada lo acepta como líder y tolera su presencia en la agenda del contable convicto, quizá por considerarle un beneficiario más y no el ideólogo del método.

Los veteranos le ven de otra forma. Ninguno de los nombres de la época dorada le ha tirado un cable negando manejos ilegales en la casa. El presidente optó en el Senado por hacer propio el error –"me equivoqué (con Bárcenas)"– y subrayó su rol secundario en los años de sobresueldos y comisiones cuando negó, "hasta donde yo sé", la financiación irregular en el partido. No aclaró si había otros que lo conocían.
Ahí abrió Rajoy la primera puerta. La segunda, como red de seguridad, reconocer que existían sobresueldos en el PP. Se protege así de los ases que Bárcenas se pueda guardar para el juez Ruz y de paso hiere a los que antaño manejaban el partido.

El gallego asume que deberá superar el lance en solitario, apoyado si acaso en el nuevo núcleo duro popular.

Los Cascos, Rato, Arenas, Trillo, Mayor... miran a Rajoy con desprecio y colmillo afilado desde sus posiciones, ahora de segunda línea. Hasta Aznar, el que ungió al gallego con el sacramento sucesorio, sale de la cueva y le lanza directos amagando con el regreso y llevando el respingo a la planta noble de Génova 13. No se le ha vuelto a escuchar desde los días de la tan comentada entrevista en televisión; al contrario que Esperanza Aguirre, más aficionada a los micrófonos. Pero su sombra es alargada.

Rajoy tiene una colección de rivales a los que rehúye el combate. Simplemente, los deja madurar. Su rotunda mayoría parlamentaria chirría al haberse convertido su rutina en el Congreso en un solo contra todos. Cuando compareció le llegaron palos de cada esquina, pero centró sus respuestas en el primero de la fila, Alfredo Pérez Rubalcaba, que aun el miércoles en Asturias resucitó el fantasma de la moción de censura: "está viva", advirtió el líder socialista.

En el papel de antihéroe, el presidente del Gobierno compagina su dura vida en Moncloa, aferrado a la vía del recorte, con un partido repleto de minas. Su estrategia es dejar que vayan explotando, con la ventaja de saber dónde están colocadas. Se trata de ir poniéndose a salvo de cada detonación, mientras los contrincantes caen por agotamiento.

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