la canción de cada día

´La rosa de los vientos´, de Eduardo Falú

15.08.2013 | 02:00

Eduardo Falú, cantante, compositor y destacado guitarrista argentino, falleció el pasado viernes en Buenos Aires, cuando contaba noventa años. Había nacido el 7 de julio de 1923 en un pueblecito de la provincia de Salta llamado El Galpón, donde su familia de procedencia siria se había asentado algunos años antes. Desde muy temprana edad mostró su gran vocación por la guitarra y por la música popular del país, contando con indiscutibles maestros, como Carlos Guastavino, que le enseñó armonía y composición, si bien nunca perdió de vista las enseñanzas recibidas de los poetas y cantores populares, llegando a formar parte de grupos folclóricos como La Tropilla de Huachi Pampa.

Autor de hermosas melodías con raíz folclórica (zambas, bailecitos, cuecas, milongas y composiciones para guitarra clásica), musicó poemas de autores consagrados como Borges y Sábato, sin olvidar a los troveros populares de la talla de Jaime Dávalos o Manuel J. Castilla, dos extraordinarios poetas salteños que nos han dejado piezas magistrales del cancionero popular argentino, desde La canción del jangadero a Minero potosino y Celos del viento.

Tuvimos la dicha de conocerle personalmente aquí, en Tenerife, donde actuó en el testro Guimerá y en el Festival Sabandeño. Eran los años en que cantores y grupos argentinos nos visitaban con frecuencia, desde Falú a Mercedes Sosa, pasando por conjuntos como Los Chalchaleros o Los Cantores de Quilla Huasi, que tanto nos enseñaron sobre los géneros folclóricos de su país.

En vísperas de su primer concierto en el Guimerá, fuimos al aeropuerto a recibir a Falú, junto con algunos compañeros de Los Sabandeños. El resto del grupo se encontraba en Tacoronte, en la finca de Julio Fernández y su esposa Araceli Pinto, grandes amigos y valedores de todo lo que fuese música popular y folclórica en nuestras islas. Allí le organizamos a Falú una comida típica con viandas canarias, además de la música con timples y guitarras.

Viendo que pasaban las horas y que nadie le pedía que cantara o tocase su guitarra (ésta se había quedado en la maleta de mi coche junto con el equipaje), Eduardo se dirigió a los anfitriones para preguntarles: ¿Es que no me van a dejar cantar en esta casa? Le dijimos que era costumbre entre nosotros agasajar al invitado sin pedirle contrapartidas. Él lo entendió, pero me rogó que fuese a buscarle su guitarra, porque tenía ganas de tocarla y cantar como prueba de agradecimiento por el agasajo recibido aquella tarde, nada más pisar tierra tinerfeña.
Una vez con la guitarra entre las manos (una "Fleta", nada menos), y tras estirar y afinar las cuerdas, Eduardo Falú nos ofreció los primeros acordes de su famoso Trémolo, para luego continuar con Trago de sombras, A qué volver, La canción del jangadero y el Himno a la juventud americana, entre otras muchas. Fue toda una lección magistral que, con el paso del tiempo, llegaría a convertirse en auténtica devoción por su obra y por su talante de músico ejemplar, tan solidario y generoso.

Tras las grabaciones de A qué volver (Volumen 1 de Cantan a Hispanoamérica, Columbia CPS 9108, Madrid, 1971) y de La canción del jangadero (Volumen 2, Columbia CPS 9244, Madrid 1973), Los Sabandeños hicieron versiones de Trago de sombras (Volumen 3, Columbia CPS 3019, Madrid 1974) y de La rosa de los vientos (Atlántida, Manzana, Tenerife 2SNI 111, 1994). También en 2006 hicimos una nueva versión de La canción del jangadero (Multitrack, EM CD 248), con participación de músicos de la OST y arreglos de Juan Carlos Martín.
Recordemos, para despedir al amigo y maestro, algunos versos de La rosa de los vientos, donde la poesía de Jaime Dávalos encierra ciertos tildes premonitorios: "Siento que se va la vida / y aprieta mi corazón / aquella rosa de viento / que un día se abriera / sangrando el amor. (...) / Puede que un día, ya libre, / sientas de nuevo el amor, / pero en el viento mi boca / te besará siempre / con esta canción".

Sí; puede que la vida se haya ido, pero la obra y el ejemplo quedarán para siempre. Adiós, amigo nuestro.

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