las siete esquinas

¡Papeles, papeles!

14.08.2013 | 02:00

El dueño de Amazon ha comprado el Washington Post, y aunque es optimista con respecto al futuro de la prensa online, augura que dentro de veinte años ya no habrá periódicos en papel. Pudiera ser, aunque yo no lo tengo tan claro. Amazon ha hecho desaparecer las librerías de las grandes ciudades e incluso ha cambiado el paisaje americano (a ambos lados de las autopistas se ven por todas partes los gigantescos almacenes de distribución de Amazon, con sus hileras de camiones que esperan ser cargados de libros y discos y lo que sea), pero no sé si podrá cambiar también nuestros hábitos de lectura del periódico. Es cierto que cada vez se lee más por internet, pero el ritual de leer un periódico de papel tiene una dimensión que me atrevería a calificar de sensual –igual que los libros en papel en vez de los e-books–, y no sé si esa forma placentera de lectura podrá desaparecer del todo. La Era Moderna, desde comienzos del siglo XIX, es inseparable de los cafés y de los periódicos, lo mismo que es inseparable de los ferrocarriles y de las fábricas de hilaturas de algodón. Y mientras perduren unos ciertos hábitos de civilidad, como los cafés y las conversaciones en las salas de espera, es muy difícil que dejemos de leer periódicos en papel.

En Estados Unidos, con todas sus dificultades, los periódicos en papel han resistido. Ya he hablado alguna vez del heroico diario local The Sentinel, que se editaba con muy pocos medios y una plantilla diminuta en una pequeña ciudad de Pensilvania. Pero allí lo leía todo el mundo, ya que hay una serie de cosas que la gente se resiste a desconocer: la predicción meteorológica, la crónica del partido de béisbol, las noticias sobre accidentes de carretera, la información sobre el concierto de la banda de jazz del señor Helbing en la sacristía de la Iglesia Luterana, o el aviso del avistamiento de un oso cerca del jardín trasero del número 458 de Cherry Road... Cada vez que hablabas por casualidad con alguien en esa ciudad, tarde o temprano salían a relucir estos temas. "¿Se ha enterado de lo del oso?", te preguntaba la cajera del supermercado. O si te cruzabas con alguien en un párking, se despedía diciendo: "Tenga cuidado si sale por la carretera de Gettysburg, porque ayer se cayó un árbol". Yo no tenía coche, pero agradecía la información como si lo tuviera, y también me despedía diciendo: "Gracias, lo tendré en cuenta, y también se lo diré a mis vecinos". Eso es la vida local, supongo.

A mi hijo, como a tantos otros niños de su edad, le cuesta mucho leer un libro, pero he conseguido aficionarle a leer las páginas deportivas, y cada mañana, cuando va a desayunar, lo primero que hace es preguntarme dónde está el periódico, y luego se lee de un tirón las ocho o diez páginas deportivas. Mi hijo nació en el siglo XXI, pero ya se ha acostumbrado a leer el periódico como si hubiera nacido en los primeros años del siglo XX. El otro día, mientras lo veía leer sus páginas deportivas, me acordé de una canción de Alan Price –uno de tantos músicos de talento que se eclipsaron sin dejar rastro–, que empezaba con el grito de un vendedor callejero de periódicos en Londres: "Papers, papers!". Yo he tenido la suerte de ver a esos vendedores en las calles de Londres, y sé que hace treinta años eran una imagen tan maravillosa como los autobuses de dos plantas o las cabinas de teléfono pintadas de rojo. Ojalá sigan vendiendo así los periódicos.

Y también recuerdo, en Palma, las madrugadas en que uno volvía a casa medio dormido, o atontado, o intoxicado, o todo a la vez, pero aun así conservaba la suficiente claridad mental –y los suficientes hábitos de persona civilizada– como para comprar en un semáforo el periódico recién salido de los talleres. Antes de volver a casa, era una tradición pararse a desayunar en un café que acabase de abrir, así que uno se zambullía en las páginas de la información local al mismo tiempo que se tomaba el primer café con leche con los parroquianos medio dormidos que acudían al trabajo. Y eso, también, era la vida local y uno de sus ritos más placenteros. Como lo es comprar el periódico en un quiosco, y charlar un rato con el quiosquero sobre algunas cosas (como los osos y las serpientes de cascabel que ocupan algunos despachos de políticos). No sé si el dueño de Amazon tendrá razón, pero por fortuna veo que los quioscos siguen en funcionamiento. Y eso, también, es la vida local. Y que sea por muchos años.

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