por peteneras

La delación

14.08.2013 | 02:00

La delación es la fórmula doméstica y vulgar del espionaje, la expresión comercial de la difamación. El delator, sin embargo, más allá de su nombre –que resuena con cierto aire poético, como si pudiese haber sido protagonista de un verso de Espronceda–, no tiene la elegancia literaria del espía, carece de cualquier visión heroica y adolece de un acusado desprecio por la estética. Mientras que el espía viste de dulce y, a poco que se esfuerce, le quedan bien los trajes cruzados, las gabardinas largas y los ternos blancos –no hay más que recordar a James Mason en Operación Cicerón–, es habitual que el delator luzca atuendo de trapillo, que le venga grande la chaqueta e incluso que se cubra con andrajos, ya que generalmente no gana lo suficiente con el ejercicio de su inmunda actividad, y la escasa soldada que proporciona su profesión suele gastarla en alcohol de garrafa, en licor de barrio chino o en aguardiente destilado en bajel pirata. El delator, además, suele emitir un efluvio taimado que le hace inconfundible, y arrastra con él –o con ella, claro– un insoportable hedor a basurero o a cripta mal aireada, ya que su vida transcurre entre despojos de podredumbre y entre restos de carnaza. Por más que se la mencione en novelas y se la muestre en películas de género, la delación no alcanza a ser otra cosa que una versión pobre y degradada de la traición, una manera pérfida y envilecida de escudriñar el alma del prójimo, en la que el protagonista de la insidia mete los hocicos en la mugre del vecino, olisquea los restos de los cadáveres que encuentra por la calle, pasa la lengua por las llagas de los heridos, toma nota de las cicatrices, las cuenta, las clasifica, y luego las describe cuidadosamente y con deleitación. El delator es un escriba retorcido, un pregonero de la desdicha ajena, que gana su prestigio con la divulgación de las fatigas de los demás, a oscuras y amparándose en el secreto en el que viven los difamadores. Si bien es cierto que la televisión, que todo lo banaliza, ha comercializado el producto e inventado una forma supuestamente lúdica del mismo, una modalidad para entretener a la familia y pasar la tarde delatando y tomando el té con las señoras. A veces, los gobiernos, desde esa impunidad discutible que proporcionan las leyes, autorizan la delación, la estimulan, la fomentan, la premian y la sacan a concurso. El delator, en esos casos, puede que hasta acabe ascendiendo en la escala social y llegue a ocupar puestos de cierta importancia, lo cual le hará confiarse y acabe delatando a sus superiores. Al final, ni Roma paga traidores, ni la sociedad siente por la práctica de la delación otra cosa que repugnancia. Por eso los chivatos, con el uso, van encogiéndose y haciéndose cada vez más pequeños, a medida que su alma se compacta, se oscurece y se enreda en sus propias miserias.

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