fin de siglo

Inventaremos

12.08.2013 | 02:00

El hecho de que alguien se pueda comprar el Washington Post con las vueltas de pagar el café, debe de significar algo. En términos simbólicos, es como si el comprador hubiera adquirido una mitología. Como si usted o yo nos hiciéramos, por unos céntimos, con el Mito de la Caverna o el de Edipo. El hecho, además, de que lo haya comprado un magnate de Internet, al que suponemos ateo del periodismo de papel, le añade un halo un poco diabólico. Verán, es como si yo, no sabiendo qué hacer con las vueltas del gin tonic de media tarde, las empleara en adquirir L´Osservatore romano, el periódico nacional de la ciudad del Vaticano. ¿Que me haría ilusión? Pues imagínense, sí: casi dos siglos de mitología católica por unos céntimos de nada. Además, evitaría por todos los medios hacer un ere y seguiría pidiéndole los editoriales al Papa. A todos nos gusta tener periódicos, hasta hace poco por el poder político que implicaba su posesión; ahora, por el prestigio que proporcionan las antigüedades. El deseo de hacer tuyo un medio de comunicación es tan fuerte que, durante la dictadura, y como a Franco no le llenaban todos los diarios que tenía a su disposición, hizo imprimir al ministerio de Fraga un Mundo Obrero Falso.

Mundo Obrero era el órgano del Partido Comunista y, aunque clandestino, tenía su prestigio y sus firmas y quizá sus crucigramas. Algunos aseguran que el Mundo Obrero falso, dirigido por el entonces ministro de la Gobernación, era muchos días mejor que el verdadero. Jeff Bezos, el dueño de Amazon, disponía de medios económicos de sobra para hacerse un The New York Times de imitación que no se distinguiera prácticamente del original, pero ha preferido un Post verdadero porque es un amante de lo auténtico. Ahora no sabemos si lo colocará a la entrada de su casa, como otros colocan una estatua griega, o si lo tuneará para darle un aire más contemporáneo. Lo difícil es que lo utilice para lo que sirve o ha servido un periódico de papel toda la vida, o sea, para envolver el pescado. El problema de comprar un periódico son las personas que lleva dentro, los periodistas. Ocurría lo mismo en tiempos, cuando al comprar el café tenías que llevarte la cafeína. Pero ya inventaremos algo, hombre.

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