tribuna abierta

En la cuerda floja

11.08.2013 | 02:00

Cuál es la situación política de España después de la sesión matutina celebrada el jueves día 1 por el Congreso? En cuanto a la clarificación de los hechos y la asunción de responsabilidades políticas, los dos pasos en los que debe terminar por concretarse cualquier episodio de corrupción, nada hemos avanzado en relación con el "caso Bárcenas". La sesión tuvo la tensión y la bronca previstas, pero el presidente del Gobierno ha vuelto a negar taxativamente que el PP hubiera recurrido jamás a fuentes de financiación ilegal y los grupos parlamentarios no han aportado un solo dato que no fuera ya conocido. Sin embargo, la situación ya no es la misma. En realidad, es peor y promete agravarse aún más, porque todo hace pensar que este asunto estará sin resolver ocupando el centro de la política nacional durante mucho tiempo.

Mariano Rajoy leyó con gran aplomo, tratando de dar a sus afirmaciones la máxima rotundidad, el discurso más efectista que se le recuerda. Los golpes de mayor efecto fueron las reiteradas menciones del innombrable y el latiguillo seco que utilizó para poner el punto final a las citas de frases pronunciadas por el líder socialista en contextos diferentes. Estos recursos retóricos, poco habituales en los discursos del líder del PP, que por lo demás son de impecable factura, pretendían desbaratar por anticipado la réplica del portavoz socialista. Rajoy no mostró el mínimo interés en debatir con Rubalcaba sobre el tema que les había llevado a la reunión. Su plan consistió en decir lo que dijo y no aplicarse más que lo estrictamente necesario en responder a las interpelaciones que se le plantearan. Este fue su guión y lo interpretó a la perfección, en un tono enérgico y muy firme, que desató la euforia en sus filas. El impacto de su actuación quedó reflejado en el rostro de Rubalcaba, que pasó por momentos de apuro. Rajoy puede sentirse satisfecho de haber resultado convincente a sus diputados, a la prensa afín y a una parte de sus votantes. Pero, según la impresión recogida por las encuestas publicadas, no consiguió desmoronar la sospecha generalizada de que oculta una gran trampa y que debe hacer frente a la cuota de responsabilidad que tiene en ella.

La intervención del líder del PSOE fue punzante como pocas veces se ha visto en un pleno del Congreso. Recogió la presunción extendida en la opinión pública, hurgó en los agujeros negros de la historia del PP y lanzó contra el jefe del Gobierno las acusaciones más graves. Se refirió a la financiación ilegal de su partido como una evidencia y reprochó a sus dirigentes haber sido cómplices en la organización y el ocultamiento de la trama. Rubalcaba declaró a Rajoy culpable de haber cometido cinco delitos contra la democracia: amparar ilegalidades, beneficiarse de ellas, mentir, ningunear al parlamento y estar sometido a hipotecas. Para concluir, sentenció que era un agravante de la crisis, un problema para la democracia, que estaba causando un gran daño a España, y le pidió la dimisión. Su discurso, en lo esencial, fue compartido por toda la oposición, aunque cada grupo añadió un matiz. El portavoz de CiU puso un condicional sobre la petición de dimisión de Rajoy o de elecciones anticipadas. El coordinador de IU sacó las cosas de quicio con la metáfora mafiosa elegida para describir los hechos que se presumen. Y la portavoz de UPyD, por su parte, tuvo el gran acierto de concretar el meollo del asunto en veinte preguntas que los ciudadanos se hacen y cuya respuesta es una necesidad urgente. Pero la ofensiva de la oposición se asienta en un pilar que no ofrece ninguna seguridad, la palabra de Bárcenas. "Las cosas son, en este caso, como parece que son", dijo Rubalcaba, aportando como prueba los mensajes telefónicos. Es un elemento demasiado endeble para levantar sobre él, en base a suposiciones, la denuncia de un aparato de financiación ilegal del PP que habría estado operativo durante las dos últimas décadas.

La situación política es hoy más tensa e inestable que hace unas semanas. Rajoy ha sobrevivido a su esperada comparecencia y se ha mostrado fuerte; sin embargo, su actitud sigue siendo esquiva y eso alimenta las dudas. Blindado por su grupo parlamentario, ha detenido el golpe de la oposición, pero sigue sin dar motivos a los ciudadanos para tener confianza. Le aguardan meses muy difíciles. La oposición no bajará los brazos. El PSOE ya ha solicitado una investigación parlamentaria del PP, una iniciativa oportuna que debería haber planteado antes de, por la presión de la calle o el apremio de su situación interna, pedir la dimisión de Rajoy o amenazar con una moción de censura.

En el PP habita un sector que no parece dispuesto a concederle a Rajoy más que el silencio y el curso de los acontecimientos, sobre todo del procedimiento judicial abierto en la Audiencia Nacional, podría ser cada vez más comprometedor para ambos.

¿Cuánto tiempo puede prolongarse una situación política cada día más polarizada en torno a un asunto de corrupción de gigantescas dimensiones que pone en entredicho la limpieza de la competición electoral y, por tanto, la autenticidad de nuestra democracia, y que tiene al presidente del Gobierno caminando por el alambre, sobre el vacío, dando síntomas de ir a caerse en cualquier momento? Singular trayectoria la de Rajoy, político de largo recorrido, prudente y discreto, que si contara toda la verdad no dejaría títere con cabeza en la política nacional, y que tiene al país pendiente de lo que diga o haga, de su suerte. Porque ahora todos los focos de la política española están dirigidos hacia él.

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