el rincón del bonzo

El Tratado de Utrecht y la T-4 de Barajas

10.08.2013 | 02:00

La política exterior de este empobrecido, amado y gran país, llamado España (por ahora), es, ha sido y, al parecer, seguirá siendo, el mayor baldón para la dignidad de un pueblo que está purgado con creces la gloria de conquistas pasadas, episodios heroicos y capítulos callados por un estúpido pudor que ignora el "fuera de contexto".

La Historia, a lo largo de los siglos, está escrita como una secuencia ininterrumpida de salvajadas para definir fronteras, que supusieron guerras, conquistas, invasiones, saqueos, violaciones y, sobre todo, mucha muerte. No parece que en este privilegiado siglo XXI, pletórico, en teoría, de civilización, avances sociales, valores humanitarios, ONGs. y movimientos ciudadanos tras pancartas de solidaridad, se haya rectificado una trayectoria endémica para cicatrizar las heridas de Historia dibujadas en los mapas.

El Tratado de Utrecht fue un reparto de cromos en favor de intereses monárquicos para entronizar dinastías extranjeras y reyes ajenos a un reino que apenas participó en la partida de monopoly entre Inglaterra y Francia. Nos encasquetaron a Felipe V (Felipe de Anjou) para iniciar otra secuencia dinástica para unos 300 años. Pero nos dejó una verruga crónica en forma de pedrusco, que no de fruta pendiente de madurar.
Gibraltar es un símbolo de las pérfidas artes de una tal Albión y de la torpeza habitual en nuestra política exterior.

Se reproduce la Historia, y quien no reconoce la suya está condenado a tropezar en las mismas piedras. Ahora no son las dinastías monárquicas las que imponen intereses y decisiones internacionales. Hoy se llaman mercados. Pero los efectos son los mismos, quizá más perniciosos, aunque manejados por las mismas manos, las del Poder, en su expresión mayúscula, ante la pasividad y resignación de los vasallos de siempre.

De poco sirven las esporádicas pataletas ante una verja para desahogo del ofendido honor patrio si consentimos la misma invasión tres siglos después, con idénticas argucias históricas de parche en el ojo, pata de palo y garfio en la siniestra, solo cambiando las fichas y el tablero.
Objetivo pirata: (Catalejo en ristre y bandera negra) ¡La T-4 de Barajas!

Estrategia: (hace tres años).- Alianza con la víctima: Un acuerdo de fusión, de igual a igual, entre British Airways e Iberia. (Entonces, Iberia boyante, rica y con futuro, BA con un agujero importante de miles de millones de euros en las pensiones de su personal).

Táctica: De cómo cargarse al socio y quedarse con su caja.

- Primer paso: soborno a precio de oro a los directivos asociados.

- Segundo paso: vacío de contenido paulatinamente la operatividad del socio. Me quedo con su caja y lo dejo sin producción, sin aviones, sin rutas internacionales y, en dos años me cargo la mitad de su plantilla aprovechando la reforma laboral aplicada a estos ciudadanos pardillos.

- Tercer paso: creo una compañía Low Cost, Iberia Express, por la cara. Es decir, le regalo los aviones de la iberia matriz; le externalizo, gratis, las líneas de corto y medio radio. (las de largo me las quedo yo); aprovecho la infraestructura y los servicios en tierra para que, gratuitamente, la low cost compita con la grande. No como complemento operativo, sino como adversario implacable.

-Cuarto paso: dejo a la grande al borde de la quiebra. Claro, me sobra personal. Sin aviones, sin producción y en manos de directivos tóxicos. ¡Lo conseguí! He resuelto mi problema con las pensiones: me he cargado una compañía, que lo fue de bandera, y me quedo con todo lo suyo. Y, encima, la opinión pública, debidamente manipulada, confunde aquella Iberia con la de ahora; la baratija.

- Quinto paso: (pendiente de ejecución). Me adueño de la T-4 de Barajas porque Londres se me quedó pequeño para irradiar mi red internacional.
Conclusiones: la pasividad institucional, vergonzosas tragaderas de nuestros responsables políticos; la connivencia presuntamente corrupta de directivos con banqueros al uso: (Bankia: señores Rato y Blesa, cogiditos de la mano o tocando la campanita); la maestría filibustera adquirida con siglos de práctica, y la resignación colectiva de un Pueblo cuyos valores morales solo parecen teoría y argumento de discurso ostentoso. Todo redundará en que, dentro de otros tres siglos, haya otra verja en la T-4 donde podamos montar largas colas de coches (o los vehículos que para entonces se lleven) como señal de protesta por nuestra dignidad de patria zaherida.

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