tribuna abierta

Francisco

09.08.2013 | 02:00

Anda muy callada nuestra jerarquía católica últimamente. Uno diría, casi agazapada desde que la palomita inspiró a los cardenales el nombre de un jesuita argentino como próximo Papa.

Parecían entenderse mejor con el severo intelectual alemán, con el teólogo de Tubinga y Ratisbona, que con el campechano y risueño argentino, al que tal vez ven demasiado próximo a la calle.

No estaban acostumbrados a ver a un Papa que insiste en seguir usando sus zapatos gastados como las humildes botas que pintó Van Gogh y que prefiere compartir una residencia con otros obispos, padres y laicos al fausto de los palacios vaticanos.

El Papa Francisco parece haber descolocado a nuestros obispos y cardenales con sus primeros gestos, con su visita a los inmigrantes africanos llegado a la isla italiana de Lampedusa, a las favelas de Río de Janeiro, a los enfermos de un hospital o los reclusos de una cárcel.

Esos príncipes de la Iglesia, acostumbrados a los salones de sus palacios, tienen que empezar a digerir ese nuevo tiempo que quiere marcar un pontífice que en su Buenos Aires natal viajaba en autobús o metro y hoy lo hace en coche descubierto tanto en Roma como en las ciudades que visita.

Un pontífice que habla con naturalidad y no con horror de los homosexuales, condena la fiebre consumista y el afán de lucro de nuestro tiempo, defiende la laicidad del Estado y no parece rehuir el contacto con la teología de la liberación de un Leonardo Boff o Gustavo Gutiérrez, un movimiento que quiere estar "del lado de los pobres", como se titula el libro que el peruano Gutiérrez escribió con su discípulo Ludwig Erhard Müller, actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

No es de extrañar que inquiete a nuestra jerarquía, obsesionada sólo con la defensa a machamartillo de la enseñanza católica en las escuelas, con el aborto o el matrimonio gay, un Papa que alienta a los jóvenes a cambiar el mundo. Un Papa que tiene además otras preocupaciones inmediatas como son las de acabar con los abusos de la propia Iglesia –desde la existencia de un lobby homosexual hasta el blanqueo de dinero– y hacer limpieza en esas cuadras de Augías en que parecía haberse convertido últimamente el Estado Vaticano.

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