al azar

La alegría de leer ´Harry Quebert´

09.08.2013 | 02:00

Maldigo la hora en que leí La verdad sobre el caso Harry Quebert porque me ha vedado el placer de estrenarla, de volver a experimentar una adicción cada vez más difícil de encontrar en la literatura. Me consuela la celebración del triunfo inevitable de una narración dulcemente sórdida, luminosa pese a la turbiedad de personajes desprovistos de atractivo. Un thriller sobrecargado de hipótesis descarriadas en 666 páginas agotables por desgracia.
Un suizo llamado Joël Dicker ambienta en un enclave norteamericano de cuento una historia de asesinatos entreverada de apotegmas literarios. Cuesta imaginar una fórmula más precisa hacia el fracaso, desmentido por un argumento que se olvida al analizar la fiebre desatada por Stieg Larsson, unánimemente considerado como el precedente de Harry Quebert. A saber, la alegría que transmite la narración, y que infecta a sus lectoras.
La trilogía Millenium impactó gracias a la exaltación apocalíptica que transmite Lisbeth Salander, la sensación de plenitud ante el abismo que Francis Bacon titulaba "la hilarante desesperación". Algo similar sucede en la novela de Dicker, salvo que la capacidad de arrastre corresponde aquí al propio autor. La evidencia en contra permite recordar que la mayoría de libros que se publican no merecen ser leídos, y que los evadidos de la lectura a otras aficiones pueden haber mostrado mayor discernimiento que los supervivientes.
Si me instan a resumir, el lector está harto de perforaciones ombliguistas de filósofos de pacotilla, cuya peripecia vital es incluso más aburrida que la cotidianeidad de la propia lectora. La alegría que transmite Dicker es la inspiración surgida de la perspiración. Está en las antípodas de Jonathan Littell, o de la excelente La hija del Este de Clara Usón. Sin embargo, todos ellos comparten la felicidad nacida de un esfuerzo titánico.
Harry Quebert es comercial, en Dicker o Dickens. Al autor le costará replicar el brío atlético que le ha conducido al éxito, acumular la energía para la autorreferencia continua derrochada por Cervantes o Sterne. Al exprimir la literatura sin pretensiones literarias, ha demostrado que los paladares siguen ahí, y que los creadores deben responder de la desertización entre los consumidores. Al fin y al cabo, la novela que definirá retrospectivamente el verano de 2013 sintetiza la decepción causada por los maestros que no lograron ajustarse a la idealización de sus adeptos. Hemingway murió, aquí están sus cenizas.

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