tribuna abierta

Explicaciones

07.08.2013 | 02:00

Por dónde empezar a explicar algo cuando el daño ya está hecho. Siempre tiene que suceder algún accidente de gran magnitud como el acaecido en Santiago para cuestionar todo lo relativo al ámbito que le afecta, planteándonos por qué no se había actuado previamente con las medidas oportunas para evitar tragedias como esta.

Pero esto no es algo novedoso, ni finalizará aquí: es simplemente una muestra más de lo endebles que somos y de nuestra forma de proceder. Rebobinemos un poco, lo justo nada más, para darnos cuenta de algo que ya era evidente.

El atentado del World Trade Center (2001) nos permitió conocer que existe un mineral llamado asbesto o amianto, calificado como tóxico y cancerígeno, utilizado en su momento en la construcción de los edificios afectados, si bien hoy en día su uso está prohibido en todos los países desarrollados, aunque las consecuencias para quienes los exhalaron fueron nefastas, más allá de la situación de pánico vivida a raíz de este hecho.

Con el accidente nuclear de Fukushima I (2011), considerado el más grave después del Chernóbil (1986), se volvió a insistir en la necesidad de invertir en energías limpias y renovables. En este caso, una vez más la población próxima quedó sometida al yodo radioactivo liberado a la atmósfera, al mismo tiempo que se castigaba sin razón al medio ambiente, pues ese mismo yodo también se vertió al mar.

En el caso del Archipiélago Canario, es más que evidente que continuamente surge la polémica por los medios antiincendios existentes vinculados al monte de las Islas, sobre todo en momentos como este en que los consabidos recortes económicos de la Administración Pública se han extendido como una plaga. Año tras año la masa forestal se quema y, como no puede ser de otra manera, año tras año se cargan las tintas sobre si los cortafuegos están realmente limpios y en condiciones de cumplir su función o si se cuenta con los suficientes hidroaviones y helicópteros para sofocar esos incendios. No me equivoco si digo que el año pasado hicimos el ridículo mundial con la situación que se vivió con el que se produjo en La Gomera, pues desde el Gobierno canario se invierte grandes cantidades de dinero en promocionar nuestra naturaleza en el extranjero como un reclamo turístico y luego no somos capaces de preservarla.

El producido en Santiago ha servido para que todo el mundo alce la voz en relación a que hay que mejorar la infraestructura ferroviaria nacional, enfatizándose multitud de aspectos relacionados con el sistema de frenado de los trenes y la necesidad de señalizar mejor los denominados puntos negros, entre otras muchas cosas. Pero una vez más ha tenido que suceder algo así para que nos demos cuenta que la peligrosidad es una característica que nos rodea cotidianamente y a la que quedan supeditadas nuestras vidas y el propio entorno. Es entonces cuando pedimos explicaciones de algo que se podía evitar.

Seguiremos actuando de la misma manera, esa irracionalidad de la que hacemos alarde, esperando a que se produzca un accidente de un camión cisterna que atraviesa cotidianamente una población cualquiera para recordar que habría que limitar el paso de estos vehículos; a un nuevo vertido de hidrocarburos en aguas potables para revisar el tipo de sanciones que se les puede aplicar a las empresas causantes del mismo y llorar por el consabido impacto en el medio ambiente; o que ese mismo infortunio llame a las puertas de una de las muchas empresas de pirotecnia que trabajan de manera ilegal. Entonces insistiremos en que alguien debe dar explicaciones, pero el daño ya está hecho.

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