por peteneras

Las castas

07.08.2013 | 02:00

En 1908, Rafael Barrett -escritor nacido en Torrelavega, de estirpe maldita, que pasara su corta vida periodística en Paraguay, que fuera admirado por Borges, Roa Bastos o Benedetti, y que posee el dudoso e irrefutable privilegio de haber gozado un solo día de gloria literaria, tres meses antes de su muerte por tuberculosis, sin haber cumplido treinta y cinco años escribió una serie de artículos bajo el título de Lo que son los yerbales, en los que denunciaba sin contemplaciones a la justicia latinoamericana de la época, al acusar a los jueces de dar cobertura a la esclavitud. "El juez y el jefe comen del mismo plato". Puede que Barrett –con su mirada de dandi exiliado en las Américas, con su aire de Larra marinado por la cercanía de la selva, tostado por el sol y guisado con especias cultivadas en la huerta de Proudhon– se exceda al hablar de los jueces de su época y su circunstancia, como si todos perteneciesen a un sindicato de leguleyos facinerosos, comprados a precio de saldo por los barandas de la industria yerbetera. Puede que nos excedamos ahora cuando nos referimos a los banqueros, a los políticos, a los magistrados, a los buscadores de milagros o a los vendedores de inmortalidad. Pero ése es el coste corporativo. Durante el curso de la evolución, las personas humanas aprendieron a asociarse: primero para cazar en grupo y reducir las bajas durante el lance; más tarde para sacar beneficios de la invención de los gremios y de la instauración de las cofradías. Ahí debe estar el origen literario del artículo determinado, que permite describir a toda una clase sin mencionar a los diferentes individuos que la componen, y definir las características de un club social sin necesidad de llamar la atención sobre los miembros del mismo. Nuestra tendencia a la simplificación hace que califiquemos a cada grupo por las actividades de ciertos ejemplares, y adjudiquemos a cada familia, de manera genérica, las virtudes y los vicios de algunos de sus componentes. Jesús Gil y Gil –aquel filósofo de cuadra y muelle deportivo– afirmó en una ocasión, con la contundencia de un profeta de la calle, que "no todos los periodistas son hijos de puta", frase en la que no es fácil distinguir si se trata de una obviedad de carretero, un descubrimiento luminoso, una singularidad de las ciencias sociales, una visión o un estrambote. La sospecha surge cuando una casta obtiene beneficios de lo que administra por delegación, cuando las reglas del juego son establecidas a medida de unos pocos jugadores, y cuando la capacidad normativa es utilizada por los legisladores para sostenerse a sí mismos sobre la peana. La sociedad se ha construido a base de castas que han pactado, en secreto, las cuotas de reparto. El respeto a los territorios es la condición necesaria para la prosperidad del negocio. El silencio, la garantía de una paz romana y duradera.

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