la ciprea

Citar a Séneca

06.08.2013 | 02:00

El que se arrepiente de haber pecado es casi inocente". La cita es, ni más ni menos, que de Séneca. Hay que releer a los clásicos. Hay que volver a leer a aquellos que nos marcaron con una señal en el centro mismo del corazón. Séneca lo hizo un día cuando leí una buena parte de sus diálogos. Sobre la felicidad, Sobre la ira, Sobre la providencia, Sobre la brevedad de la vida, Sobre la clemencia... Lecturas obligadas por aquel catedrático que nos daba enormes palizas morales en clase. Séneca se lo debo a él, al profesor Aranguren, como Heráclito se lo debo al doctor Saumells y Las Catilinarias, en latín, al Señor Bara durante el bachillerato. Digo todo esto porque defiendo el valor de la lectura y el valor de recordar y citar lo leído. Esta semana se ha hecho famosa la tan traída y llevada frase de Rajoy "Fin de la cita" provocando en las redes sociales un cúmulo despiadado de comentarios y de conclusiones absolutamente fuera de lugar y de tono. No sé bien a qué se debió esa frase ni a quien estaba adjudicado el pie, pero lo dijo y lo repitió no sé si con irónica oratoria decimonónica o debido a un traspié de los papeles (ese papeleo confuso entre Bárcenas y él, entre él y Rubalcaba y entre Rubalcaba y yo) que nos deja con la duda de quién se lo escribió o para qué se lo escribió. El caso es que el presidente cita como citan los grandes oradores y no creo que eso sea motivo de burla o de regocijo. Citar es una buena costumbre; usar las palabras de otros que las usaron con acierto es una buena manera de ahorrar energía lingüística y de economizar intelecto. El problema no es citar, el problema es conocer el valor de la cita. Por eso hoy, en este tórrido martes de estío imperial le regalo esta cita al señor Rajoy para que la medite bien y luego la suelte en el Parlamento. Pero le agradecería, eso sí, que valorara bien los términos que usa Séneca para hacer en un corto espacio de apenas diez palabras todo un ejercicio de humana generosidad, de valentía, de coraje y de sinceridad. ¿Podrá hacerlo el señor presidente? ¿Podrá decir con la cabeza derecha, los hombros en alto y la corbata a rayas sobre la percha azul intenso, que ha pecado, que ha mentido no una sino dos y hasta trece veces siete? ¿Podrá mirarnos a los ojos y repetir sin parpadear lo que dijo la semana pasada delante de España entera o se arrepentirá de haber pecado y comenzará a demostrar su inocencia diciéndonos que mintió una vez más?

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