tribuna abierta

Aprendiendo de la vejez

06.08.2013 | 02:00

El pasado fin de semana, acudimos a la celebración del cincuenta cumpleaños de un buen amigo. Se trataba de pasar un fin de semana, entre familia y amigos, en una casa rural que, como alguno de los asistentes dijo, estaba en medio de la nada. Yo no creo que estuviera en medio de la nada, no, estaba ubicada en un paraje maravilloso, rodeada de montañas, y sin civilización hasta donde alcanzaba la vista.

El fin de semana pintaba bien, más que bien. Buena compañía, un lugar tranquilo donde hacer lo que te apeteciera, buena comida, buena bebida, y todo ello sin tener que moverte de casa, olvidando el coche por un par de días. La verdad es que todo salió de maravilla y lo pasamos fantásticamente bien, pero no es eso lo que os quiero contar. Entre los asistentes, digamos que era el asistente de honor, estaba el padre de nuestro amigo, ¡92 años! Le conocía de una celebración anterior, y sabía que era una persona encantadora y llena de vitalidad, pero no pude dejar de sorprenderme cuando le volví a ver, con esas ganas de hacer cosas, con esas ganas de vivir.

El día de la llegada durante la cena, estuve hablando con él, y me contó que recientemente había estado hospitalizado por un problema de corazón. Se deshizo en halagos para todo el personal sanitario, y me dijo que cuando le iban a dar el alta le preguntó al médico: ¿Cuándo volveré a estar como antes de este problema? Imagino la cara de sorpresa del doctor, cuando una persona de tan avanzada edad que se ha estado debatiendo entre la vida y la muerte, muestra su preocupación por cuándo podrá volver a su vida normal, con sus paseos por el monte, el estudio de sus amadas setas y sus reuniones con familia y amigos. Todos pensaríamos que había tenido mucha suerte de superar ese episodio, pero para él lo importante era volver a su actividad, a su vida llena de pequeños placeres que le dan sentido.

Cuando reflexiono sobre ello, no puedo dejar de admirar a este tipo de personas, que por muchos años que tengan, no quieren dejar de vivir, me refiero a vivir la vida intensamente, cada uno al ritmo de sus posibilidades, pero intensamente.

Hablamos de personas que por su edad han vivido guerras, han pasado hambre y tiempos muy difíciles, y han tenido que luchar muy duro para sacar adelante una familia. Y en cambio, cuando les escuchas, cuando prestas atención de verdad a lo que te cuentan, te das cuenta de que todas estas vicisitudes las han aceptado y superado sin quejarse demasiado, y que aún tienen ganas de vivir. ¡Qué lección!

Probablemente, las generaciones que lo hemos tenido mucho más fácil, hemos perdido parte de esa capacidad de superar obstáculos y seguir adelante. A menudo nos paralizamos ante cualquier adversidad, ante cualquier problema. Tal vez sea momento de aprender de nuestros mayores, de escucharlos con atención, no como si nos estuvieran contando batallitas, y sacar fuerzas de sus experiencias.

En otras culturas se mantiene intacto el respeto por los ancianos, y se valoran mucho sus lecciones, sus vivencias.

En occidente, a veces parece que si no eres joven y fuerte, no tienes nada que aportar y se te puede dejar de lado sin más.

Pues yo reivindico, no sólo el respeto hacía nuestros mayores, sino el escucharlos atentamente y aprender de lo mucho que nos pueden contar.
El padre de nuestro amigo es un ejemplo, igual que lo son los padres y abuelos de todos nosotros, aunque físicamente ya no estén en su mejor momento.

Por eso yo he decidido vivir aprendiendo de la vejez.

¿Os apuntáis?

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