Las siete esquinas

Un vendedor ambulante

05.08.2013 | 02:00

En la playa paso junto a un vendedor ambulante africano. El hombre lleva horas y horas intentando vender sus copias de discos y de películas que casi nadie compra. Hace mucho calor y el bochorno es insoportable, pero el vendedor está cantando una canción. Lo hace en voz muy baja, con una especie de murmullo que tiene algo de rezo y de letanía, pero en el que también se puede detectar una melodía muy antigua que parece llena de alegría y de determinación. Mientras el hombre se aleja por la playa, me pregunto de dónde habrá sacado las ganas de cantar. Cualquiera de nosotros, si estuviera en su lugar, se sentiría invadido por el malhumor, o en todo caso por el desánimo o por la apatía: de una forma u otra, pensaría que está haciendo algo que no sirve de nada y que resulta humillante. Pero este hombre muerto de calor, que no ha conseguido vender nada en toda la mañana, va cantando una canción. Quizá no esté demasiado contento, pero sabe que hay miles de lugares en el mundo mucho más horribles que esta playa –de hecho, es probable que él conozca muy bien alguno de esos lugares–, así que en el fondo tiene bastante suerte y no está de más que vaya cantando una canción.
Camus decía que el sol del norte de África, durante su infancia miserable en Argel, le había curado de cualquier resentimiento. Y este africano de la playa, que no debe de tener ni idea de quién era Camus, sin duda estaría de acuerdo con él. En vez de quejarse, en vez de maldecir, prefiere cantar una melodía muy antigua que quizá le oyó cantar a su madre cuando iba a buscar agua, o que quizá él mismo cantaba cuando iba caminando al colegio, a muchos kilómetros de distancia, donde tenía que sentarse en un pupitre destartalado que debía compartir con dos o tres alumnos más. Y ahora ese hombre no sabe entender la vida sin alguna clase de música que la acompañe. Dios sabe lo que habrá vivido hasta llegar aquí en una patera o escondido en un camión, pero nada de eso le ha arrebatado el placer de cantar que aprendió con su madre o con sus vecinos del poblado. Y por eso es capaz de cantar mientras intenta vender sus cosas, del mismo modo que sus antepasados cantaban cuando salían de caza o guerreaban con otra tribu o querían curar a un niño enfermo.
En muchas conversaciones privadas se oyen palabras muy poco amables hacia los inmigrantes africanos. Se dice que son una amenaza para nuestra seguridad o que están metidos en asuntos turbios o que vienen de culturas muy atrasadas que será muy difícil encajar en la nuestra. Hace poco, en Italia, unos diputados de la Liga Norte llamaron "orangután" a una ministra nacida en el Congo, y ese insulto ridículo traduce un estado de ánimo que es mucho más extendido de lo que se cree, o al menos de lo que nos atrevemos a reconocer. Europa se está encerrando en un nacionalismo histérico que surge del miedo a lo desconocido y de la certeza de que ya nada es lo que era: ni somos tan ricos como nos creíamos, ni somos tan jóvenes como nos gustaría creer, ni somos ya el centro del mundo. Y frente al desmoronamiento paulatino de todo lo que creíamos indestructible, mucha gente reacciona odiando a los inmigrantes que han llegado en estos últimos años. Y si son africanos, peor que peor.
Pero si se piensan un poco las cosas, los inmigrantes africanos se han comportado de una forma muy digna, y a veces hasta con una extraordinaria mansedumbre, vistas las circunstancias en que han tenido que vivir. Han trabajado en los invernaderos en condiciones durísimas, o han vendido kleenex en los semáforos, o se han dedicado a la venta ambulante, y aun así, muy pocas veces han protagonizado algún hecho que haya que lamentar. Ya sé que algunos se dedican a trapichear con drogas o están integrados en los clanes del narcotráfico, pero no creo que sean muchos ni que en eso sean muy distintos de nuestros propios narcos. Y hay algo más. Cuando los veo pedaleando en una bici, o caminando por el arcén de una carretera en una zona rural, justo cuando salen del trabajo en los invernaderos, hay pocas imágenes que puedan trasmitir una idea de bienestar y de alegría como la que ellos trasmiten. Y cuando oigo cantar a un vendedor ambulante que no consigue vender su mercancía en una playa, sé que me ha tocado presenciar un pequeño milagro –el de alguien que está en paz con la vida cuando todas las circunstancias se alían en su contra–, así que debería estar agradecido por haber podido presenciarlo.

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