Tribuna abierta

Políticos

04.08.2013 | 00:48

La lectura de la prensa los últimos días, tras la terrible catástrofe ferroviaria de Santiago de Compostela, no ha podido sino producir en nosotros una profunda sensación de melancolía.
Por un lado, como suele ocurrir cuando suceden desastres naturales o accidentes con víctimas numerosas, un amplio movimiento de solidaridad por parte de la gente corriente e incluso casos frecuentes de coraje y heroísmo individual.
Todo lo cual nos hace confiar una vez más en la generosidad del género humano en momentos en los que, en una sociedad cada vez más fría y competitiva, parece querérsenos imponer como modelo de comportamiento el espíritu de competencia, la insolidaridad y el egoísmo.
Frente a todo eso, unos políticos que, a dondequiera que uno dirija la mirada, ya sea hacia Madrid, ya hacia Cataluña, Andalucía, Galicia, Valencia o las Baleares, sólo producen vergüenza o directamente repugnancia.
Políticos venales donde los haya, que parecen haberse dedicado a esa vieja profesión con el único propósito de enriquecerse rápidamente sin importarles los medios.
Políticos que han destrozado buena parte de nuestro paisaje sólo para llenar sus bolsillos con las comisiones de empresarios del sector inmobiliario sin ningún escrúpulo y sin que ni a unos ni a otros parecieran importarles lo más mínimo las generaciones futuras.
Políticos dispuestos a privatizarlo todo –desde la sanidad o los transportes públicos hasta el agua que bebemos– y que harían lo mismo si pudieran con el aire que respiramos, aun a sabiendas de que al final los consumidores pagaremos más caros esos servicios y que los únicos beneficiarios serán los bolsillos de los accionistas y los ejecutivos de las compañías favorecidas.
Políticos a los que parece no importar demasiado que nuestros jóvenes dejen de investigar por falta de medios y se encuentren ante la disyuntiva de salir fuera en busca de la oportunidad que aquí no se les ofrece o resignarse a trabajar en casa como camareros de temporada.
Políticos que se han dejado corromper en algunos casos con unos trajes, un automóvil o cualquier otro regalo, manifestando así no sólo su codicia sino al mismo tiempo una repugnante vulgaridad.
Políticos que nunca dan la cara, no se hacen responsables por acción u omisión de nada, rehúsan explicar sus actos y retuercen cínicamente el lenguaje para ocultarles a los ciudadanos hasta lo más evidente.
Políticos en fin que han convertido algo tan noble como la política en un estercolero y que no se merecen esos ciudadanos que un día, equivocadamente o no, los votaron.

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