Tribuna abierta

El espíritu del 78 para una Constitución del siglo XXI

04.08.2013 | 00:48

La aprobación de la Constitución en 1978 supuso uno de los logros más extraordinarios de la historia contemporánea de nuestro país. Fue un proceso largo, difícil y exigente, que finalmente supo integrar ideologías, sensibilidades y opiniones que hasta entonces se habían opuesto de forma radical. Treinta años después es imposible no reconocer el formidable éxito alcanzado: la Constitución se convirtió en la principal garante de la convivencia pacífica en nuestro país, cuando el peligro de involución política o de revolución social todavía era factible.
La redacción de nuestro texto constitucional es un claro ejemplo de integración, solidaridad y esfuerzo conjunto, cuyas singularidades han sido estudiadas, como paradigma de proceso político exitoso, en todo el mundo. El papel desempeñado especialmente por la sociedad civil –que hizo gala de una impresionante madurez–, por los agentes sociales –que supieron encauzar el descontento y las demandas ciudadanas–, y por las propias representaciones políticas –que fueron capaces de renunciar a planteamientos programáticos de base, para propiciar el acuerdo–, demuestran que la unión de esfuerzos y voluntades en un objetivo común, es la piedra angular para que las sociedades avancen.
El espíritu de 1978 continúa siendo el mejor ejemplo para llevar a cabo la construcción de nuestro país. Es también el espíritu que cuatro años después, en 1982, alumbró a la sociedad canaria en la redacción de su Estatuto de Autonomía, del que ahora se cumplen treinta años: un proyecto común, una idea de Canarias dentro del Estado, y con una representación justa y adecuada a realidades diversas y separadas, estableciendo la solidaridad como derecho para reparar injusticias y olvidos históricos.
El Estatuto estableció la organización política y administrativa del Archipiélago desde el respeto y potenciación de los Cabildos Insulares, que han cumplido un siglo y supusieron una fórmula eficaz para los temas que excedían del ámbito municipal y la creación de una Cámara Legislativa y un Gobierno autonómico que han integrado la totalidad de un territorio fragmentado.
Y no olvidemos el logro que supuso el status especial de Canarias dentro de la Unión Europea y el mantenimiento de nuestro acervo administrativo, político, económico y fiscal, en los marcos estatal y comunitario.
Tres décadas después, conviene tener muy presentes los fundamentos que han marcado el periodo más libre y próspero de nuestra historia. Quienes planteamos la necesidad de una reforma constitucional, que se adapte a los nuevos tiempos, quienes consideramos que el Estatuto de Autonomía de Canarias debe ajustarse a las exigencias que el Archipiélago debe afrontar en el siglo XXI, creemos que debe llevarse a cabo, lo antes posible, un proceso marcado igualmente por el espíritu de consenso, la voluntad común y el esfuerzo colectivo.
La Constitución, que tan buenos resultados ha dado, resulta hoy insuficiente para atender las necesidades actuales y para afrontar, en las mejores condiciones, los previsibles desafíos del futuro. Del mismo modo, el Estatuto de Autonomía debe ampliar y adaptar sus contenidos a una realidad diferenciada y a una ciudadanía que aspira a la igualdad de oportunidades no sólo respecto al resto del país, sino también respecto a Europa.
No olvidemos que la singularidad de nuestras Islas Canarias no tiene parangón en el Estado. Ni siquiera las peculiaridades que argumentan las nacionalidades históricas de lengua, cultura y acervo se pueden comparar con las circunstancias geográficas, la proyección tricontinental y la lejanía e insularidad.
La reforma constitucional y estatutaria debe responder a estar realidad, adecuando el encaje del Archipiélago en los ámbitos estatal, europeo y de las Regiones Ultraperiféricas.
Esta realidad diferenciada de Canarias plantea nuevos retos. Al igual que en el proceso constitucional de 1978 y en el estatuario de 1982, la tarea de reformar la Carta Magna y nuestro Estatuto de Autonomía exige un esfuerzo de generosidad por parte de todos: instituciones públicas, sectores económicos y sociales, y el Estado y la Unión Europea los primeros. Debemos estar de nuevo a la altura de nuestros ciudadanos. El pueblo ha sido, en definitiva, el protagonista decisivo del proceso de transformación que ha vivido Canarias en estos años y debe seguir siéndolo en el futuro.

Enlaces recomendados: Premios Cine