Fin de siglo

Casi nos gusta

02.08.2013 | 00:03

Parecía que la cabeza estaba siempre a punto de dolerle, pero nunca empezaba". Esto es lo que dice el narrador de El plantador de tabaco, la novela de John Barth (Editorial Sexto Piso), de uno de sus personajes principales. Una frase genial, pues la vida es eso, encontrarse al borde de algo que no llega a suceder. Al borde del dolor de cabeza, al borde del éxito, al borde del fracaso, incluso al borde de la muerte. Podría creerse que cuando llega el dolor de cabeza abandona uno esa situación fronteriza. Falso: cuando por fin te duele la cabeza, enseguida está a punto de dejar de dolerte. Más que gozar o sufrir las cosas, estamos siempre a punto de gozarlas o sufrirlas.
Permanecemos media vida a punto de una revelación, a punto de aprender inglés, a punto de un acto de generosidad, a punto de tirar de la manta. Los malos siempre están a punto de tirar de la manta. Pero nunca acaban de hacerlo, no del todo. Los primeros en quedar desnudos serían ellos. Por eso levantan esta esquina o esta otra, pero tirar, lo que se dice tirar, no tiran. Los buenos, en cambio, siempre están a punto de colocar más mantas sobre la preexistente, de modo que no se vea lo que hay debajo. Y es que debajo, están ellos también, jugando una partida de tute con los malos. Los malos y los buenos, por lo que vamos viendo, duermen en la misma cama, abrigados por las mismas cobijas. Sus intereses son comunes. De la intriga periodística de que uno de ellos se quede con el culo al aire al tirar el otro hacia sí de la manta nos alimentamos nosotros, usted y yo, los que no somos ni buenos ni malos. Los que no hemos dado ni recibido sobresueldos, los que no tenemos cuentas en Suiza, los que ignoramos el olor del dinero, del dinero grande, así, en billetes de 500 euros, colocados unos sobre otros y sujetos por una goma elástica parecida a aquellas con las que se inmovilizan las pinzas de los centollos, para que no muerdan.
"Parecía que la cabeza estaba siempre a punto de dolerle, pero nunca empezaba". La amenaza del dolor de cabeza, el jaquecoso lo sabe, es casi peor que el dolor mismo. Pero nos hemos acostumbrado a vivir con ella, la hemos incorporado como normal. Ya casi nos gusta.

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