Tribuna abierta

Lecciones de liderazgo

31.07.2013 | 23:52

El papa Francisco está impartiendo lecciones de liderazgo que los políticos deberían asimilar para quitarse las caspas y las costras de su vertiginosa decadencia. Esas lecciones sensibilizan a cualquiera, sea creyente o agnóstico, porque más allá o más acá -tanto monta- del mensaje espiritual, muestran condiciones y actitudes perfectamente válidas para cualquier dirigente. La primera es la humildad que excluye niveles y estratos en el valor de la condición humana y dignifican la pobreza sin olvidar por un instante el derecho a superarla con una justa redistribución de la riqueza. No es igualitarismo fingido sino conciencia de la fundamental igualdad y de una sola manera de crear vínculos entre personas e instituciones: la manera compasiva y solidaria. La reciente Jornada Mundial de la Juventud en Rio de Janeiro ha asombrado al mundo, hasta ahora incapaz de atraer a tres millones de seres en un solo acto, concretamente la misa papal en una de las playas más famosas y mundanas del planeta. En libertad, ningún otro líder puede soñar con algo parecido. Los gestos de Francisco no son diseñados por gabinetes de imagen, rompen barreras protectoras y, si en algo parecen incómodos, es en la distancia. La segunda es la llaneza en la palabra que comunica el imperativo de renovación de las viejas estructuras eclesiales. Ha pasado el momento de los Rauco Varela, por hablar de lo más próximo, y de las injerencias en los asuntos del estado, la presión reductora de los derechos civiles menos discutibles, el reflejo de hablar "ex cathedra" por quienes carecen de esa potestad tan escasamente valorada por el propio Francisco. Las solemnidades fastuosas, la carrera por acumular títulos de propiedad y la absurda divinización de la jerarquía ya tienen escaso recorrido en el esfuerzo de horizontalidad que el papa funda en la fe compartida y, sobre todo, el imperativo solidario que le es connatural. Francisco "quiere lío" en las diócesis, divertida y admirable manera de decir que el tiempo del inmovilismo cardenalicio y episcopal ha de ser sustituido por la regeneración de las verdades esenciales, aquellas que defienden la integridad del espíritu, no la impostada "auctoritas" de los jerarcas. Y, para no alargarnos, baste citar que la prédica y el ejemplo son inseparables en este hombre saludable y optimista, que no deja de sorprender con ideas y gestos "anómalos" por anticipadores de un cambio profundo en el concepto del liderazgo. No deberían otros dirigentes perderlo de vista si quieren evitar que su desprestigio desagüe en la mera obsolescencia. El mundo -repetimos sin cansancio- cambia radicalmente y es una suerte que las claves y los estilos del dirigentismo de hoy y de mañana asomen tan claros en líderes como Francisco, posible sucesor de Juan XXIII en el siglo XXI.

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