la ciprea

El maltrato a las mujeres

04.06.2013 | 03:00

Releo mis artículos y me encuentro con innumerables títulos que hacen alusión a lo sucedido en estas últimas semanas: mujeres que mueren a manos de los hombres; mujeres maltratadas o sin maltratar que una mañana aparecen despedazadas en su cama, en el suelo de la cocina o en la puerta misma de su casa. Y releo las palabras escritas hace dieciséis años cuando comenzaba a dar mis opiniones sobre lo que me rodeaba y me encuentro con esos párrafos, esos duros comentarios contra los hombres que maltratan, contra las leyes que no nos protegen, contra los vecinos que callan y los familiares que ningunean esos maltratos, y se me encoge el alma ante la repetición de palabras, estructuras, definiciones y, en fin, ante mi pertinaz denuncia contra instituciones y sociedades que siguen cometiendo o permitiendo tales afrentas contra una parte del género humano que no ha cometido mayor delito que nacer de un sexo diferente al que manda, gobierna, dicta leyes o vive felizmente bajo ellas. Hemos mejorado de un siglo a esta parte, pero no de unos años a este que vivimos en los que no he visto ninguna mejoría. Cargos, direcciones generales, cuerpos especializados, teléfonos de ayuda, ministerios con nombre de mujer, mujeres dirigiendo departamentos y cuotas de poder en empresas y gobiernos, etc., pero sin que nada haya cambiado lo suficiente como para erradicar esta lacra. Absolutamente nada. El menosprecio, la humillación y la desconfianza hacia las mujeres es la tónica general. Siempre hay un policía que cuando denuncias sonríe irónicamente; siempre hay un padre que te mira con desprecio cuando le enseñas tus labios partidos, tu ceja partida, tus costillas rotas ("algo habrás hecho"); siempre hay poderes que te miran por encima del hombro y proclaman la necesidad de taparte la cara o la boca cuando reclamas para ti los mismos derechos que ellos ya tienen; siempre hay silencio a tu alrededor cuando ganas escaños, premios o reconocimientos; siempre hay oscuridad en tu tristeza o en tu añoranza. Siempre la soledad y el misterio que te envuelve. Y ya no te queda otra que enfrentarte al matador, al verdugo, al señor de tu territorio más íntimo; inclinar la cabeza y pedirle, por favor, que te decapite de una vez para no sufrir más. Y allí mismo, en el salón recién amueblado, la cocina recién amueblada o el dormitorio recién amueblado, allí mismo, delante de tus hijos, de tus vecinos, de tu padre consentidor y de tu madre eternamente resignada, el hombre de la casa te dará las cuarenta puñaladas prescritas por los cánones. El odio, la venganza inexplicable y el miedo hacia lo desconocido que cada mujer guarda en su interior, te darán, por fin, el descanso y la muerte.

Miembro del Consejo Editorial de la opinión de tenerife

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