Tribuna abierta

Ecologistas inconsecuentes

25.05.2013 | 03:00

Una cosa es predicar y otra, dar trigo. Es lo que ocurre con algunos grandes grupos y fundaciones, sobre todo de Estados Unidos, que han hecho bandera del ecologismo y, sin embargo, tienen importantes participaciones en empresas petroleras.

Lo denuncia la conocida escritora canadiense Naomi Klein en un artículo publicado en la revista norteamericana The Nation y en el que se solidariza con un movimiento internacional que busca que esas fundaciones se deshagan cuanto antes de participaciones en sectores energéticos que contribuyen al cambio climático.

Es una iniciativa que se extiende ya por Canadá, Estados Unidos, Holanda y el Reino Unido y al que la escritora invita a sumarse a todos los grupos preocupados por el calentamiento del planeta.

Cuatro universidades estadounidenses han declarado ya su intención de vender sus participaciones en empresas dedicadas a la explotación de los combustibles fósiles, los más contaminantes, y lo mismo han hecho diez ciudades estadounidenses, entre ellas Seattle y San Francisco, pioneras en tantas cosas.

Proclama el movimiento "Fossil Free" (Libre de Fósiles) en una declaración de intenciones: "Si malo es destruir el clima, no lo es menos sacar de ello provecho. Es nuestra opinión que las administraciones locales y estatales y otras instituciones que trabajan por el bien público deberían renunciar a sus inversiones en el sector de los combustibles fósiles".

El movimiento Fossil Free advierte de que las reservas de combustibles fósiles equivalen a cinco veces la cantidad de CO2 que puede quemarse sin superar el umbral de dos grados Celsius más de calentamiento del clima global. Son datos proporcionados por la organización "Carbon Tracker Initiative", del Reino Unido.

Klein denuncia que algunas de las iniciativas con las que se ha pretendido luchar contra el cambio climático, aprovechando los mecanismos del mercado, son totalmente engañosas y cita en concreto el canje de emisiones de CO2 (en inglés: carbón trading), las compensaciones de emisión de gases de efecto invernadero (carbón offsets), o el gas natural como combustible puente.

"Sabíamos ya", escribe Klein, "que los grupos que proponen esas falsas soluciones recibían donaciones de los grandes emisores de CO2, con los cuales lanzaban alianzas empresariales, pero siempre se presentaban esas iniciativas como compromisos constructivos".

"Pero ahora además sabemos", agrega la autora, "que algunos de esos grupos no se limitan a recibir financiación de las empresas del sector de los combustibles fósiles, sino que son copropietarias y como tales causantes de las crisis que dicen querer resolver".

Klein cita entre esos grupos a Nature Conservancy, Ocean Conservancy, Conservation International, Wordlife Conservancy Society y Word Wildlife Fund USA, todos los cuales disponen de multimillonarios patrimonios que invierten en Bolsa.

Pero salva a otros muy conocidos como Greenpeace, 350 org, Friends of the Earth (Amigos de la Tierra), Rainforest Action Network (dedicada a la defensa de los bosques tropicales) y otras organizaciones menores como Oil Change Inernational o Climate Reality Project, que no tienen inversiones bursátiles.

La autora acusa, por otro lado, de "hipocresía" a la fundación de Bill y Melinda Gates, que a finales del año pasado tenía invertidos 958,6 millones de dólares en los grupos petroleros BP y Exxon Mobil. Una de las prioridades de la fundación es la lucha contra la malaria, "patología directamente ligada al clima".

Ahora bien, "¿tiene sentido combatir la malaria mientras se financia uno de los motivos que podrían contribuir a su difusión en algunas zonas?", se pregunta Klein en referencia al hecho de que tanto los mosquitos como los parásitos del paludismo prosperan en climas cálidos.

Es importante, viene a decirnos Klein, que esos grupos y fundaciones sean consecuentes con los propósitos que declaran y se desprendan con urgencia de sus participaciones en las multinacionales de la energía.

Para luchar contra el calentamiento del planeta no basta sustituir unas bombillas por otras más eficientes, pagar para compensar las emisiones de CO2 o apagar una noche al año todas las luces de los edificios públicos del planeta. Se requieren acciones mucho más ambiciosas y no simples gestos.

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