tribuna abierta 

La revolución de los parlamentos

28.02.2013 | 03:00

Siempre he creído que la voz del pueblo cobra una fuerza inusitada en las manifestaciones como forma de mostrar públicamente el descontento por las injusticias, la posibilidad de gritar libremente, de sacar la rabia contenida en tu interior para que no te acabe destruyendo.

Esa sensación de libertad y de insumisión social volvió a aflorar el 15 de febrero cuando el primer ministro portugués Pedro Passos Coelho fue interrumpido por parte del público asistente a una sesión del Parlamento al entonar la Grândola, Vila Morena, la canción que compuso el músico luso José Afonso y que sirvió de señal para el inicio de la Revolución de los Claveles en ese país el 25 de abril de 1974.

En España y Portugal se gobierna a golpe de decreto para someterse a los dictados fiscales europeos, pero la gente está tan harta de soportar las mentiras que ahogan la propia verdad que ha decidido apoderarse del emblema de la democracia: los parlamentos.
Últimamente, estamos acostumbrados a que una generación perdida rodee el nuestro como forma de protesta, una presión social que incite a la dimisión del Gobierno del Partido Popular y a los políticos a nivel general implicados en casos de corrupción, pidiendo que se garanticen los derechos y libertades de los ciudadanos y que la soberanía nacional resida realmente en el pueblo.

Pero cuando el 15 de febrero ese pequeño grupo de personas dio vida una vez más a la referida canción rememoré que en la Francia ocupada por los nazis se producía la misma situación con la Marsellesa, el actual himno francés, el símbolo de la resistencia que servía para contrarrestar moralmente la presencia invasora, la misma que se cantaba en el bar de Rick en "Casablanca" como respuesta a las canciones alemanas tocadas al piano por soldados de esa nacionalidad.

Del mismo modo, no pude evitar pensar que en Chile se utilizó El pueblo unido jamás será vencido, cuya música fue compuesta por Sergio Ortega en 1973 y el texto escrito por el grupo Quilapayún, como protesta contra el régimen de Pinochet, que a su vez fue traducida a muchos idiomas y versionada para servir de igual fin, hasta el punto que su melodía se utilizó durante la Revolución islámica de 1979 por los iraníes que luchaban contra la monarquía de su país, así como por la Revolución naranja de Ucrania de 2004, entre otras muchas.

Así queda demostrado que ningún discurso preparado metódicamente durante semanas puede detener a un pueblo armando con una simple canción, que las mentiras, las torturas, el miedo, la corrupción, el descrédito y la infamia caducan tarde o temprano, mientras aquella se convierte en un símbolo universal transmitido como forma cultural del pueblo que lo ha creado hasta traspasar sus propias fronteras.

Apenas cuarenta segundos infunden en quien la canta la idea de que hay esperanza, aunque luego todo vuelva a ese estado normal de desasosiego, represión y autoritarismo político en el que nos hallamos inmersos, tal y como lo expresó Assunçao Esteves, la presidenta del Parlamento portugués, cuando puso orden infiriendo "que retiren a esas personas o que se callen", mientras Pedro Passos Coelho sonreía irónicamente al ver cómo lo llamaban dictador de un país sumido a su vez en una dictadura económica.

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