tribuna abierta 

El grano y la paja

28.02.2013 | 03:00

En algún que otro pasaje de sus libros, el filósofo inglés Michael Oakeshott ha afirmado que en la educación debería primar el pensamiento sobre el contenido concreto de lo que se enseña. Se refiere, claro está, a una forma determinada de cultivar la sensibilidad de los jóvenes, que busca interrogar la realidad, establecer puntos de diálogo, así como construir argumentos inteligentes y razonados frente a la falsa seguridad de los prejuicios. Sin duda, tras esta perspectiva late la preocupación por la democracia, cuyo buen funcionamiento político exige un tipo de ciudadano capaz de discernir la información relevante de la que no lo es, de separar el grano de la paja en un mundo hiperconectado donde la ignorancia se confunde con el exceso y la mentira adquiere visos de certeza. A Oakeshott –que era un conservador imbuido de ideas liberales– le habría fascinado comprobar –una vez más, cabe decir– de qué modo se refuerza la demagogia cuando los criterios de autoridad intelectual empiezan a flaquear, abriendo paso a la espesa niebla del relativismo. Si pensamos en términos históricos, la oscilación pendular ha sido enorme –del analfabetismo inveterado a la abusiva locuacidad de nuestro tiempo–, con la consiguiente pérdida de las virtudes centrales del equilibrio y de la moderación. Quiero decir que, como ciudadanos, demasiado a menudo nos movemos entre el ensueño utópico y el fracaso de los ideales; lo cual conduce a una trivialización de la democracia. Se trata de riesgos que no debemos perder de vista.

Oakeshott no llegó a conocer las posibilidades de Internet, pero seguro que le habrían interesado. Sospecho que habría insistido en la necesidad de instituciones mediadoras –educativas, por ejemplo, o la prensa, en el caso de la opinión pública–, que facilitasen el análisis y el debate sosegado. Sospecho que se habría alarmado ante el estrepitoso vocerío incontrolado del amarillismo, ya sea en las páginas de algunos periódicos –aquellos precisamente que han abdicado de su responsabilidad–, en la demagogia de la clase política, en los canales de televisión, en los blogs o en ese ámbito caótico e informe de las redes sociales. Sospecho que apelaría a la necesidad de silenciar el exceso de ruido para recuperar el tiempo de la reflexión y el debate objetivo. De nuevo regresamos al planteamiento inicial: sin un tipo determinado de sensibilidad la demagogia campa a sus anchas. Y ahí entra en juego la educación, claro está, pero también la prensa.

Quizás nada sea tan perentorio como recuperar el prestigio de los medios de comunicación ante la sobreabundancia de informaciones de todo tipo –algunas con sentido, otras no– que amenazan con cegar cualquier posibilidad de diálogo razonable. ¿Cómo distinguir la verdad de la ficción interesada? ¿Cómo separar la creciente presión social de los trending topics –con su mezcla de rumor, anécdota, chisme y denuncia necesaria– del espacio para el pensamiento? Los hechos son sagrados afirma una conocida máxima del periodismo; aunque sin una prensa con criterio, ¿quién defenderá la veracidad de los hechos? Y, por supuesto, existen blogs de lectura obligatoria –Nada es gratis, sin ir más lejos, o Marginal Revolution–, que terminan diluyendo su impacto –aunque sean muy seguidos– dentro de esa inflación de opiniones carentes de solidez que define Internet. Para los ilustrados, la prensa constituía uno de los puntales del progreso y de la libertad. Todavía hoy comprobamos la estrecha correlación que existe entre la credibilidad de la prensa y la salud económica, social y cultural de un país. Y, por supuesto, creo que el futuro de la información depende de la calidad, como uno más de los baluartes de la inteligencia.

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