las siete esquinas 

Deià Vu

28.02.2013 | 03:00

En estos últimos años, cada vez que me encontraba a alguien que alucinaba con un disco de Radiohead o de algún grupo raro que hacía una música "que nadie había hecho nunca" –cosa que esa persona me decía abriendo mucho los ojos–, le preguntaba a ese oyente encandilado si había escuchado alguno de los discos que Kevin Ayers grabó a finales de los 60 y primeros 70: los discos que van desde Joy of a Toy (1969) hasta Bananamour (1973), y que incluían el sensacional, el extrañísimo, el irrepetible Whatevershebringswesing (1971). Los críticos suelen definir la música de Kevin Ayers como psicodélica, pero eso sólo es cierto en parte, ya que la música que hizo –sobre todo en esos cinco años milagrosos, entre 1969 y 1973– es tan personal y tan extraña –y tan inimitable– que es imposible ponerle otra definición que no sea la de "ayersiana", un adjetivo que no existe aún pero que algún día existirá, igual que ya existen los adjetivos "dylaniano" o "coheniano" o "spreengstiniano".

Alto, guapo, inteligente, con talento y con sentido del humor, Ayers lo tenía todo para triunfar, pero nunca quiso llevar la vida de una estrella de rock, ya que prefirió vivir tranquilo haciendo sólo lo que quería, que era tocar de vez en cuando con sus amigos y luego dedicarse a vivir bien, a ser posible en un lugar apartado, cerca del mar, y con una buena botella de vino a mano. "Bebamos un poco de vino y pasémoslo bien", decía una de sus mejores canciones, que tenía un título muy largo y muy enrevesado, Whatevershebringswesing, que vendría a ser algo así como "Todoloqueellatraenosotroslocantamos", un título que podría resumir la vida y la carrera musical de Kevin Ayers, una vida que es imposible entender sin pensar en las muchas mujeres que le acompañaron, muchas y muy bellas casi todas, porque en eso, como en tantas otras cosas, tuvo mucha suerte. Vivió en Ibiza y en el sur de Francia, y llegó a Mallorca a finales de los setenta y se instaló en Deià casi una década, y aquí tocó con Joan Bibiloni y Pere Colom, y Emi Miró le ayudó a producir algunos discos –como Deià...Vu–, y creo que incluso llegó a incluir en algún disco una grabación en casete de un recorrido en taxi por las calles de Palma, en la que Kevin Ayers hacía comentarios irónicos sobre lo que veía y canturreaba alguna de sus canciones y quizá comentaba por qué se había venido a vivir aquí.

No sé cuál fue la primera canción de Kevin Ayers que escuché, pero la primera que ahora se me viene a la cabeza es City Waltz, una canción que invitaba a reír y a cantar y a levantar una copa de vino. Pero Kevin Ayers, como todos los epicúreos, tenía una veta secreta de melancolía, y detrás de esa música que ensalzaba los placeres de la vida había como un bajo continuo que lamentaba que esos placeres fuesen tan fugaces y tan engañosos. Una de sus canciones de los años ochenta, compuesta cuando ya vivía en Deià, se llamaba Champagne and Valium y hablaba de los desayunos con champagne y válium y los besos sin cariño, y supongo que retrataba la otra cara de su vida, ésa que sólo le conocían sus íntimos y que estaba llena de momentos bajos y malhumor y depresiones. Y recuerdo que vi una vez, hacia 1985, en su casa de Deià, una hilera de botellas vacías de vino en la terraza, todas muy bien alineadas, como si fueran piezas ganadas en una extraña partida de ajedrez. Y lo raro no era que hubiera tantas botellas en la terraza de su casa, claro, sino el orden geométrico con que habían sido colocadas, porque aquel orden parecía una especie de ofrenda ritual, como si Kevin Ayers quisiera suplicarle a una divinidad desconocida que lo protegiera de una amenaza que él imaginaba muy cerca: la fugacidad de la juventud que ya se había ido, quizá, o su propia fragilidad, o esa obsesión por hacer las cosas bien que le hacía sentirse desdichado o fracasado, cuando en realidad muy poca gente había tenido nunca más motivos que él para disfrutar de la vida.

Anteayer, cuando me enteré de que Kevin Ayers había muerto en su casa del sur de Francia, en Montolieu, recordé aquellas botellas de vino que vi alineadas en la terraza de su casa de Deià. Y recordé City Waltz, que fue la primera canción suya que escuché, y que todavía me transmite la extraña embriaguez –en todos los sentidos– que me transmitió la primera vez que la oí, ya no sé dónde ni cuándo. Y ahora sólo sé que nunca sabré cómo darle las gracias al hombre, Kevin Ayers, que hizo posible todo aquello.

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