lo que hay que oír 

Ciclogénesis lingüística explosiva

26.01.2013 | 03:00

No sé quién es, solo que trabaja como "hombre del tiempo" en la televisión; pero lo vi venir enseguida: nada más oírlo hablar, como siempre me ocurre. Condimentaba sus predicciones metereológicas con unos pellizquitos de "puntual", abundantes "de cara a" y unos chorritos de "en base a". O sea, las lluvias iban a ser "puntuales" (qué buenas son las lluvias: llegan a la hora acordada); o sea, debíamos esperar "de cara a" las próximas horas (qué guapos estaríamos mirando frente a frente a las horas); o sea, lo que estaba diciendo el hombre lo decía "en base a" sus datos (qué mono quedaría "en cúspide a" sus datos). Era, pues, un hombre de hoy: agramatical por completo. Un triunfador. Un héroe de nuestro tiempo. De hecho, salía en la tele. De modo que nada me sorprendí cuando soltó por su boquita aquella expresión que expelió y que lleva días sin caerse de la boca de todo quisque: "ciclogénesis explosiva". Ahí es nada: ciclogénesis explosiva. Eso sí que es ciencia, eso sí que es verdad, eso sí que es llamar a las cosas por su nombre: ciclogénesis explosiva. En este país somos cultos que te cagas, somos unos ciclogenéticos explosivos natos.

"Uno vive entre gentes pomposas. Hay quien habla / del arquitrabe y sus problemas / lo mismo que si fuera primo suyo / muy cercano, además". Así comenzaba Jaime Gil de Biedma un poema irónico suyo. En efecto, al día siguiente del hallazgo lingüístico de aquel redicho, ya habían formado pareja de hecho el sustantivo "ciclogénesis" y su novia adjetiva, la "explosiva". Como esos otros grandes matrimonios ya consolidados: "sentido pésame", "marco incomparable", "espectáculo dantesco". Las gentes hablaban de la ciclogénesis explosiva como si fuera prima suya, muy cercana, además. De un plumazo, se fueron al garete las palabras que antes definían en español ese tiempo horrible que nos amargó el fin de semana pasado. Se murieron "borrasca" ("temporal fuerte o tempestad que se levanta en tierra"); "cellisca" ("temporal de agua y nieve muy menuda, impelidas con fuerza por el viento"); o, incluso, "procela", que es lo mismo. Adiós a "rujiada", ese "golpe de lluvia"; adiós a las clásicas "tormenta" ("perturbación atmosférica violenta acompañada de aparato eléctrico y viento fuerte, lluvia, nieve o granizo"); "tempestad" ("tormenta grande con vientos de extraordinaria fuerza") o "temporal" ("tormenta grande").

Descansen en paz "turbión" o "argavieso", palabras que designan un "aguacero con viento fuerte, que viene repentinamente y dura poco". Ni hubo ventarrones, ni mangas de viento (qué hermoso es nuestro idioma), ni turbiones. Aquí lo que hubo fue una ciclogénesis explosiva.
Ahora que el español se ha convertido en la segunda lengua usada en internet, y subiendo; ahora que llevamos camino de llegar a quinientos millones los hablantes de la misma; ahora, digo, vuelven las ciclogénesis lingüísticas explosivas. Que no me aparto de que su nombre técnico sea ese, que lo será muy guapamente: "Nadie sabe / muy bien por qué es así, pero lo dicen", continuaba el poema citado. Pero ¿por qué tal deseo de pomposidad? ¿Por qué no acudir a que se avecina una tempestad o un temporal, como toda la vida se han avecinado tempestades y temporales por esta época, como corresponde al señor invierno? Y, sobre todo, ¿por qué nos apropiamos de esos nuevos tecnicismos que nada aportan y amargamos con ellos los oídos del prójimo como si las palabras que tenemos en nuestra memoria ya no valiesen? Parafraseando y parodiando a Gil de Biedma, "Uno sale a la calle / y besa a una muchacha o compra un libro, / se pasea, feliz. Y le fulminan: / Pero cómo se atreve? / ¡La ciclogénesis explosiva!" Ay, qué pocos límites conoce la gana de aparentar hablando, el afán por adueñarse de cualquier vocablo que reputemos como superior, el empuje irreprimible que nos abisma en acabar como eruditos a la violeta por no usar las palabras que hicieron nuestro pensamiento y sí las de la tribu vecina, la tribu de las ciclogénesis explosivas. Ay.

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