al azar

España sólo puede elegir presidente

 03:00  

MATÍAS VALLÉS La leyenda sobre el tremendismo español debía cuajar por fuerza en el aplauso durante un bombardeo. La ovación a la lluvia de explosivos fue protagonizada por los diputados del PP, mientras Rajoy felicitaba las Navidades a los empleados públicos. La metralla lesionaba a parados y funcionarios, los escaños populares jaleaban la balacera montada por su jefe con una escopeta recortada. La hija de Carlos Fabra, una de las escasas familias sin paro ni merma de ingresos en sus filas, complementaba los vítores con la escatología del "que se jodan", fórmula de consenso y excelente resumen del discurso pronunciado en la tribuna. Aunque las manifestaciones posteriores de Andrea Fabra apuntan a que dirigía su exclamación a los ingenuos que votaron a su partido, sus dotes oratorias renuevan el compromiso del PP contra las cuotas femeninas, y demuestran que el partido sólo atiende a los resplandecientes méritos personales de sus diputados.

Incapaz de afrontar una decisión con sus propios medios, Rajoy se refugió en la inevitabilidad del castigo a las clases medias. Argumentó que se limitaba a cumplir órdenes, y que ha profesado el voto de obediencia. Selló su discurso con una frase que entrará en la antología del colonialismo, "no podemos elegir". De hecho, un repaso de los acontecimientos dominantes durante el pasado año confirma que España sólo puede elegir presidente, y tampoco ahí acierta demasiado. El líder del PP olvida que su papel de mero intermediario de Bruselas conduce a una devaluación de su rango presidencial, al ritmo de la prima de riesgo. Su trabajo pierde cualquier mérito, cree que se protege cuando en realidad se arriesga a una sustitución inmediata. Rajoy acredita el "todos hemos nacido ministros" que popularizó el dirigente socialista italiano Pietro Nenni.

Rajoy se comporta como un gobernante norteafricano aislado en su búnker. En una justa retribución, el presidente del Gobierno que huye de los periodistas se ha encontrado en la incómoda posición del mensajero, al borde de la ejecución por haber sido portador de malas noticias. Curiosamente, compatibilizó la esclavitud en el área de recortes con la vanidad de haberse codeado con los señores de Europa. Hablaba de las "dudas generadas por el euro" como si su país no fuera la mayor amenaza para la moneda. Endulzó el ultimátum a España como la respuesta "que debemos dar cada Estado miembro", olvidando que hay países europeos que cobran por guardar los ahorros que huyen despavoridos de los bancos españoles.

Rajoy puede ser cómico a pesar de sí mismo. Sólo la ironía ahuyenta el estupor que recibe a la frase "hemos acordado". El líder del PP se parece al sargento que se presenta ante la tropa, ahueca la voz y anuncia que "el coronel y yo hemos decidido". Merkel y Rajoy han acordado que el segundo cumplirá a rajatabla las órdenes de la primera. De lo contrario, España perderá incluso la posibilidad de elegir a sus gobernantes, y un tecnócrata –actualización del tirano de la Grecia clásica– se acomodará en La Moncloa. La erosión de la figura personal del presidente compete a su actuación, pero el daño que está infligiendo a la presidencia del Gobierno puede ser irreversible.

A cambio de obedecer sin rechistar, Rajoy no ahorra muestras de desagrado ante las sucesivas órdenes que recibe, desde el discurso hasta las muecas que lo acompañan. Ha especificado que le disgustan los presupuestos generales del Estado y los recortes que ha obligado a suscribir al Rey. Por criterios de estricta eficacia, tal vez sería preferible elegir, desde España o desde Bruselas, a un presidente que amara su trabajo y las decisiones de alto riesgo que conlleva. El cargo posee la enjundia suficiente para no descargarlo sobre un político que el miércoles demandaba rapidez, cuando comparecía con dos semanas de retraso sobre la cumbre donde recibió las órdenes que transmitía. Al PP le alcanza al menos un cincuenta por ciento de la responsabilidad del hundimiento que ha resultado en la ocupación de España, y el porcentaje aumenta si se toma en consideración a Bankia y a los aeropuertos sin aviones de la familia Fabra. Cuando a Rajoy le han traducido los acuerdos de la cumbre a la que asistió de oyente, se ha dado cuenta de que equivalen al tratado de Versalles, impuesto a Alemania tras la primera guerra mundial. Entonces, el presidente confiesa en el Parlamento que "no hay más remedio", salvo que Rajoy tampoco es el remedio.

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