MARÍA JOSÉ HERNÁNDEZ
ABOGADO Y PERIODISTA
La presidenta de la Comunidad de Madrid nos sorprendió con el anuncio de sus intenciones de reducir a la mitad el número de escaños del parlamento autonómico de esa comunidad. Nos imaginamos a una derecha que se autodinamita, en sintonía con la corriente popular limitadora de privilegios, mientras la izquierda no renuncia al calorcito del hemiciclo.
La idea, aunque no se llevara a la práctica en esta legislatura, hace mucho más digerible el paquete de la bajada de los sueldos de los empleados públicos, la subida de las tasas y los despidos de trabajadores en esa comunidad.
Nuestro presidente, Paulino Rivero, puede proponer perfectamente lo mismo. Si Madrid se queda con sesenta escaños y son unos cinco millones de habitantes, nosotros, con dos millones, nos quedamos perfectos con ocho, a escaño por isla más la concesión de protectorado a la Graciosa. Seguro que demasiada sustancia gris, a juzgar por las aportaciones venidas de todos los flancos, no perderíamos.
Los millones ahorrados serían directamente inyectados en educación, sector que está en el corazón de un profesor que es presidente.
No se tendría que tocar el sueldo de los empleados públicos, que, con cada bajada, se fastidian unos cuantos puñados de votos, y ya van dos. De paso, el gobierno debería reducirse en la misma proporción; con el presidente y un/a consejero/a, titular de la cartera "al servicio del pueblo canario" habría suficiente.
Y otra parte de la cantidad podría destinarse a magníficos hospitales, para mayor ensalzamiento de la primera figura del gobierno autónomo.
Con la suficiencia económica garantizada nos declaramos estado independiente e instalamos embajada en Madrid. El euro, flojo en los mercados internacionales, lo desechamos, y adoptamos como moneda "el gomerón", con cambio a la par con el dólar. Sería toda una aportación en una semana precongresual que descolocaría a los insurrectos del meridiano, les restaría protagonismo mediático y acercaría al gobernante a un pueblo que clava en sus carnes cada vez más hondo el cilicio de soportar en solitario todos los sacrificios.