JUAN JOSÉ MILLÁS
El euro, tan alegre hasta ayer, se está viniendo abajo como una planta mustia. Tomamos de la caja un billete de 20 para ir a la compra y parece que llevamos en la mano la hoja de una lechuga muerta. Y cuando el panadero nos devuelve el cambio en billetes de cinco, es como si nos entregara cuatro pájaros agonizantes, con el cuello roto, que quizá no lleguen con vida hasta la pollería. El euro, ¿recuerdan?, aquel cachorrillo financiero cuyo alumbramiento produjo tanta alegría mediática, resulta que es idiota y que goza de mala salud, como los hijos de las familias reales en las que se practica la endogamia. En apenas diez años ha envejecido cien. No ve, no oye y le huele el aliento como al agonizante en cuyo estómago se estancan los almíbares medicinales.
Tiene uno la impresión de que el euro no vale nada. Si valiera, no lo descargarían sobre Bankia, por poner un ejemplo, de ese modo, a espuertas, como el que vuelca un camión de basura sobre el fangal del vertedero. El caviar vale mucho porque es escaso, lo mismo que la trufa o el oro. Del euro en cambio se habla por miles de millones. Cincuenta mil millones para rescatar Grecia, cien mil millones para rescatar la banca española, y un millón doscientos mil, por cierto, para compensar a Rato del agujero que nos ha dejado.
Piensa uno en sus ahorros, depositados en el banco de la esquina, y resulta que ya no son los ahorros de uno, ya no son el resultado de una vida de trabajo y todas esas cosas que se dicen, sino un conjunto de muestras orgánicas destinadas al análisis clínico, pedazos de tejido para una biopsia de resultados terroríficos. Y el banco donde guardamos los ahorros es ese frigorífico que no funciona, esa nevera vieja a la que se le enciende la luz cuando la cierras y se le apaga al abrirla y que congela donde debería enfriar o enfría donde debería congelar. El euro nos ha mostrado de súbito su cara triste, como cuando el payaso se quita el maquillaje y aparece detrás un funcionario de la risa, un tipo menesteroso y fúnebre que cena judías verdes rehogadas. La peseta era triste, desde luego, olía a repollo hervido y coles de Bruselas, pero el euro se ha quedado sin dientes, pobre, en plena juventud.