tribuna abierta

Postal de Viena

 03:00  

JOAQUÍN RÁBAGO Entre carteles con pinturas de Klimt y postales de la casa de Hundertwasser, en una tienda de souvenirs cerca del palacio del Belvedere, en Viena, figura a la venta una camiseta blaugrana con el nombre de Messi. En una foto de las protestas de la plaza de Tahir, en El Cairo, uno de los jóvenes manifestantes que increpa a los soldados que tratan de mantener el orden lleva puesta también una camiseta con el nombre y el número del goleador barcelonista. Decididamente, el fútbol es una religión universal. Una religión politeísta. Mucho menos sangrienta que las tradicionales, todo hay que decirlo, aunque haya provocado al menos una guerra en Centroamérica.
Pero hay otra religión más invasiva, y es la publicidad. En la Staatsoper (Ópera del Estado) de la capital austriaca, un gigante surcoreano del sector electrónico patrocina las próximas funciones operísticas, como anuncian las pequeñas pantallas colocadas en las fachadas del edificio. También está esa empresa detrás de los conciertos de música sacra que tienen lugar en la catedral de San Esteban. Se trata de la misma multinacional con uno de cuyos productos se ha rebautizado la estación de Sol en Madrid. El dinero manda. Sobre todo cuando los Ayuntamientos tanto lo necesitan.
Por lo demás, Viena no deja nunca de recurrir a aniversarios y exposiciones para atraer al turismo. Este año todo gira en torno a Klimt. Casi todos los museos tocan algún aspecto de la vida o la obra del pintor de El Beso. El problema con este tipo de celebraciones es que pueden acabar resultando empalagosas. La capital austriaca descubrió hace ya bastante tiempo el enorme potencial del turismo cultural y no deja de inventarse exposiciones y recorridos para atraer a un público cada vez más amplio.
Entre esos últimos está el relacionado con la película El Tercer Hombre, de Carol Reed, un paseo por las alcantarillas que son el escenario de la dramática persecución de Harry Lime, el jefe de la banda de contrabandistas de penicilina, genialmente interpretado por Orson Welles. Cuando uno se asoma a la entrada, sale de allí un fuerte olor a cloaca. ¡Realmente hay que tener ganas para bajar al vientre de Viena!

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