por peteneras

Hormigas humanas

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RAFAEL ALONSO SOLÍS A principios del siglo veinte, ante el empuje de la revolución soviética, las ciudades europeas comenzaron a recibir enjambres de turistas rusos de cierta relevancia. Según las crónicas de la época, las películas de género y las novelas de Chaves Nogales, en las columnas del éxodo abundaban los militares de buen porte, los amaestradores de osos y las aristócratas venidas a menos. Una parte excéntrica de la diáspora rusa estaba formada por magos, sanadores, derviches, meretrices cultivadas y filósofos ocultistas. Entre estos últimos se encontraba el grupo de estudiosos del Cuarto Camino, con Gurdjieff y Ouspensky a la cabeza €fundador y discípulo aventajado, algo distanciados poco después, no se sabe si por diferencias ideológicas o por el efecto disipador del ego€. El Cuarto Camino venía después de otros tres €a saber, el del faquir, el del monje y el del yogui€, y suponía la superación de sus predecesores a través del trabajo y de un sistema específico de ejercicios mistéricos. El Cuarto Camino parece un producto de la época, una especie de caldero místico en el que se agitan términos e ideas procedentes de diversas formas de lo que se ha dado en llamar la filosofía perenne, y que van desde la masonería rusa al sufismo, y desde el budismo tibetano al cristianismo esotérico. Hay quien augura que las enseñanzas del Cuarto Camino serán materia obligada en las universidades privadas de finales del siglo veintiuno, en los escasos lugares civilizados que persistan tras la gran contaminación, y una vez que los productos tóxicos acumulados se escapen, se extiendan por el planeta y acaben con la vida tal como la conocemos. Entre otros asuntos de enjundia, el Cuarto Camino contiene hondas preocupaciones por la evolución de la conciencia, y menciona una etapa arcaica en la que los seres humanos la tenían pequeñita, es decir, poco expandida, siendo parte de un gigantesco hormiguero en el que pululaban sin otro objetivo que cumplir mecánicamente su función. Puede que el hormiguero humano haya sufrido mejoras, pero en el fondo, y a pesar de la previsible discrepancia de la sociología €esa deriva académica y con corbata de la entomología de campo€, su espíritu está aún tan arraigado que desde lejos no parecemos otra cosa que hormigas con trajes de colores. Es cierto que de cerca pueden apreciarse ciertas diferencias entre los formícidos y los homínidos. Mientras que los primeros visten de uniforme, caminan en fila y solo comen lo que necesitan, los segundos han inventado la moda y el diseño, disfrutan con la música, han liberado al sexo de sus funciones de transferencia genética y, en momentos de inspiración, gustan de burlar toros a la luz de la luna. El arte y el placer, como agitadores laicos de la evolución.

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