tribuna abierta

Miyamoto y la función educativa de los videojuegos

 03:00  

LLUÍS CUCARELLA La concesión del premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades a Shigeru Miyamoto, el padre del videojuego moderno, ha levantado tanto entusiasmo en sectores ligados a la tecnología y agradable sorpresa en aquellos otros en cuya mitología particular los personajes de Miyamoto gozan de un lugar privilegiado, como desconcierto en otra parte de la sociedad, la más apegada a los cánones, más aún cuando entre los candidatos finales a conseguir este reconocimiento se encontraba alguien de tanta enjundia intelectual como el sociólogo francés Edgar Morin, creador de una relevante producción en torno al pensamiento complejo y, también, autor de unas valiosísimas reflexiones sobre cómo debe ser la educación en el futuro para dejar un mundo más agradable a nuestros hijos y nietos (aún es verdaderamente provechosa la lectura del trabajo que hizo por encargo de la UNESCO en 1999 sobre cómo debía ser la educación en el siglo XXI).
Pero, como éste, los premios a la apertura de nuevas vías que acerquen más a los humanos entre sí y ayuden a romper barreras no deben interpretarse nunca en términos de vencedores y vencidos, de recuento matemático de méritos de unos y otros candidatos, sino que validan también tendencias que deben explorarse, marcan caminos y tienen un valor de reconocimiento pero también de oportunidad, de espaldarazo a la vez que estímulo a formas de pensamiento o comunicación que, habiendo ya recorrido un importante camino, tienen aún mucho que aportar a la sociedad en coyunturas clave.
Morin merecía también este premio, qué duda cabe, y en caso de que se le hubiera entregado a él, hubiera sido un premio justo, pero la concesión del premio a Miyamoto no es ninguna boutade, no es una ocurrencia ingeniosa para llamar la atención sobre sí misma, ni el fallo desmerece en absoluto a los Premios Príncipe de Asturias. Al contrario. El premio es un gran acierto atendiendo a esa función de espaldarazo, que lo es, pero además, aunque no la tuviéramos en consideración, no sería en absoluto impedimento para reconocer el trabajo de Miyamoto con este premio por su labor individual, puesto que Miyamoto atesora méritos suficientes por sí mismo para lograr el galardón, dada su inigualable aportación a la cultura como máximo artífice de la renovación de algo tan antiguo y con tanta dimensión antropológica como el juego, que ha abierto ahora nuevos cauces de comunicación entre sociedades y colectivos y que, efectivamente, y ahí viene la función de apoyo del premio, tiene ante sí el importantísimo reto de convertirse también en un pilar educativo y comunicativo de la sociedad actual.
Y, en ese sentido, la elección de Miyamoto, entre otros creadores de videojuegos, no es gratuita. Miyamoto encarna, precisamente, de entre los creadores de videojuegos, el camino que debe ir explorando también el juego virtual, esa vertiente educativa que a la par ayude a romper barreras sociales y brechas culturales y digitales. El videojuego sigue asociado, en gran parte, con un ocio puramente recreativo, banal, desprovisto de cualquier función social, intelectual y educativa. Y Miyamoto es, más que nadie, el que simboliza la otra parte del videojuego, el que ha conseguido que millones de personas en el mundo (ningún otro autor vivo, del cine, la televisión o la literatura ha llegado a tanta gente) compartan un universo icónico que ha traspasado el soporte en el que se crearon para convertirse en marcos referenciales comunes, que ha unido a varias generaciones compartiendo claves y sensaciones y comunicándose entre ellas, que ha puesto en contacto con la tecnología a gente de todas las edades y que les ha abierto, además, una puerta, por pequeña que aún sea, al enriquecimiento educativo.
Miyamoto ha sido, como decía el veredicto del jurado, no sólo el máximo representante del mundo de los videojuegos, en un matiz que es muy importante, sino "el principal artífice de la revolución del videojuego didáctico, formativo y constructivo", que es precisamente el camino que el juego debe tomar para traspasarse a sí mismo, esa vertiente que también recogía el jurado en su fallo, al reconocer su labor como innovador, al crear espacios comunicativos en los que millones de personas de todas las edades interactúan, "generando nuevas formas de comunicación y de relación, capaces de traspasar fronteras ideológicas, étnicas y geográficas".
Ahí radica también el valor del premio, en reconocer que un sector como el de los videojuegos, en el que a diario se asoman ya tantos millones de personas en todo el mundo, puede también contribuir a hacer sociedades mejores, más formadas y constructivas, como lo estaba haciendo Miyamoto.
Tal vez, gracias al Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2012, muchos otros grandes creadores y pensadores reflexionen sobre todo lo que el videojuego puede aportar y contribuyan a ir más allá de donde Miyamoto haya podido llegar, logrando no sólo que realmente los videojuegos sean una puerta abierta a la formación (sin que este camino suponga un rechazo a otros juegos de acción o puro entretenimiento, que no de violencia gratuita, aunque ese es otro debate) sino que los videojuegos sean también una puerta de entrada a otras realidades culturales; que, en definitiva, como sucede cuando alguien ve una película interesante que despierta el interés por conocer, tras sumergirse en un videojuego bien concebido, uno sienta también la necesidad de ampliar su conocimiento en libros o galerías de arte y conocer más ese mundo que le presentaba el videojuego. No explorar esa posibilidad educativa, cultural y de incitación al conocimiento en un sector que reúne y conecta ya a tantos millones de personas, es, tal vez, un lujo que la sociedad actual no puede permitirse.

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