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El caballero liberal

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JUAN CRUZ RUIZ La vida de las Islas tuvo, en el medio del siglo XX, algunas virtudes que luego se han ido disipando porque todo ha ido muy deprisa, y sobre todo ha ido muy deprisa el olvido. La historia no se hace de exabruptos, sino de filamentos, de sucesiones. La Guerra Civil fue un punto y aparte muy arduo, muy difícil; crispó las costuras de la historia, que se rompieron, y unos y otros tomaron posiciones (unos porque pudieron, otros porque no pudieron hacer otra cosa) y se interrumpió la discusión liberal, y se fueron por tierra debates culturales, educativos, liberales, que ya sólo quedaron en la mente fértil y preclara de algunas inteligencias que, a pesar de esas heridas y de esas costuras, persistieron en la idea de estudiar la historia para hacer más transparente el pasado y menos incomprensible el futuro.
Una de esas inteligencias, el notario Marcos Guimerá Peraza, ha dejado de existir. Tenía 93 años, era notario, vivía en El Sauzal, Tenerife, y tuvo la rara virtud entre los que sobrevivieron a la Guerra (y a las guerras) de poner un pie de esa inteligencia en los dos lados de la mayor diatriba sociológica (y política) que se ha dado en las Islas en el siglo XX: el pleito insular. Lo estudió como un forzado, como si hubiera recibido un encargo sobrenatural para estudiar el sexo de los ángeles, y le puso a ese estudio nombres y apellidos, desde José Murphy para acá. Su trabajo sobre Murphy, que implicaba también el examen de la raíz histórica y comercial del pegajoso diferendo insular, es una admirable excursión hacia los vericuetos de un personaje que representa como pocos (como Ruiz de Padrón, por ejemplo) las dificultades de la aventura liberal en el siglo XIX. Murphy se empeñó en ser liberal, a pesar de la oposición de sus padres, comerciantes irlandeses trasterrados a Tenerife, y él mismo sufrió exilio por liberal y acabó viviendo míseramente en México, después de pasar por Inglaterra.
Sobre Murphy hizo don Marcos un trabajo que mereció muchas atenciones y que en definitiva está en el más alto de sus merecimientos para que en 2002 le concedieran en las Islas el premio Canarias reservado a los historiadores. Pero hubo mucho más en este discípulo aventajado de don Elías Serra i Ràfols. Se ocupó de cada uno de los renglones de ese pleito, pero también escribió del citado Ruiz de Padrón (cuya casa en La Gomera recuerda su lugar de nacimiento), de Galdós, de Maura, de Nicolás Estévanes... Su hijo Agustín Guimerá, historiador como el ilustre notario fallecido, escribió, al morir su padre, que éste le había confesado muchas veces "que le hubiera gustado haber conocido al rebelde Nicolás Estévanez o a Luis Benítez de Lugo €el radical marqués de la Florida€, aquellas figuras ilustres del Sexenio Democrático".
Convirtió a Murphy, con una devoción que no le quitó un ápice a su voluntad de historiador muy serio, en un personaje de novela. Ese libro, que fue el que acercó a muchos de nosotros a la figura de don Marcos, fue saludada en los años sesenta del siglo pasado como un hito en nuestra historiografía, un punto de partida para otras obras que pusieran en pie las vidas complejas de muchos antepasados. Pérez Minik, que fue uno de sus muy buenos amigos (don Domingo me lo presentó, en el despacho abigarrado del notario, oscurecido por tanta pared de libros gruesos), presentó ese libro como el redescubrimiento de la política cuando no se hacía (ya) política en las Islas.
"Su mayor afán (el de Guimerá) ha sido investigar esta existencia con el mayor rigor, la exactitud de los datos y la veracidad de los hechos. Cada lector puede sacar las conclusiones que quiera, con sus buenas o peligrosas intenciones. Lo que está fuera de duda es la naturaleza política de José Murphy, en el sentido más real de esta palabra. Hoy, cuando en la isla los políticos se nos fueron perdiendo ante la fuerza de los funcionarios, tecnócratas o empleados de circunstancias, nos damos cuenta qué es ser un político".
Nos reveló Guimerá a un político que creíamos que era sólo el nombre de una calle y prendió otra vez la mecha de un liberalismo que había sido esencial en el desarrollo de las Islas, con el aire disociador que, de todos modos, tenía aquel siglo XIX en que se acunó el pleito insular. Por encima de los charcos de ese pleito que hizo las aguas isleñas de difícil transcurso se situó don Marcos; tuvo amigos en un lado y en otro, fue notario también en un sitio y en otro, y aunque luchó en la zona nacional en la lamentadísima contienda civil tuvo amigos (como Pérez Minik, como Juan Rodríguez Doreste, como José Arozena) en el tenderete político de enfrente. Era un liberal, siempre fue un liberal, de los que se hicieron al calor político de gente como Murphy. Y él mismo forma parte, con esa actitud, de una zona de encuentro e intercambio que jamás tuvo que haberse interrumpido entre nosotros.

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