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al azar

Un planeta cada vez más pacífico

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MATÍAS VALLÉS Lo llamaban Paraíso, pero la tasa de homicidios alcanzó el 25 por ciento. Una de cada cuatro personas murió a manos de sus semejantes, y los porcentajes de exterminio no mejoran a lo largo del Antiguo Testamento. La Biblia abunda en proclamas a favor del descuartizamiento mutuo. La cuota de choques sanguinarios se ha reducido considerablemente desde entonces. El siglo XX descuella por el número de víctimas de la violencia en cifras absolutas, pero la proporción se reduce sensiblemente al comparar la factura de las guerras con los seis mil millones de fallecimientos totales registrados durante esa centuria.
El Occidente en declive aparente ha logrado que sólo uno de cada cien mil habitantes fallezcan de muerte violenta provocada con intención por otro ser humano. Este porcentaje es diez veces inferior al existente hace un siglo. La elaboración de los datos esperanzadores, y su vinculación con una supuesta evolución asentada, justifica uno de los dos libros de psicología con más impacto de los últimos tiempos. Steven Pinker, profesor de Harvard, ha firmado.
Los mejores ángeles de nuestra naturaleza, después de desafiar a Noah Chomsky con incursiones anteriores en el área de la lingüística. Por cierto, el segundo volumen con resonancia global está firmado por el único psicólogo que puede presumir de un premio Nobel en economía. Daniel Kahneman explora en Pensando, deprisa y despacio los dos sistemas que emplea la mente para enfrentarse a las innumerables decisiones que acomete a diario.
El discurso inaugural de Abraham Lincoln contiene la expresión "los mejores ángeles de nuestra naturaleza", que Pinker utiliza para demostrar que lo más importante que ha ocurrido en el mundo es una buena noticia. El planeta se halla en la situación más pacífica desde su violenta creación. La guerra experimenta un franco retroceso como procedimiento expeditivo para la resolución de conflictos, lo cual constituye un rasgo de esperanza en tiempos convulsos. La desactivación también supone una desilusión para los amantes de emociones fuertes y del cuanto peor, mejor. Las conclusiones del profesor norteamericano no han sido encajadas pacíficamente, pero incluso la controversia que ha acompañado a la publicación de su libro discurre por cauces incruentos. Pinker no cabalga en solitario por la senda de la paz. El veterano Jürgen Habermas ha abordado en su último ensayo Una respuesta a la crisis de la Unión Europea. El pensador alemán recuerda a los apocalípticos que "se ha agotado el motivo original de la UE, consistente en imposibilitar las guerras en Europa". La crisis actual no dimanaría de un fracaso colectivo, sino de un éxito que no se acierta a gestionar. El intelectual germano también consigna la "domesticación de la violencia internacional", aunque en un formato de mayor brevedad que el millar de páginas alumbrado por Pinker. Sin que exista la mínima ósmosis entre ambos, el americano y el europeo se inspiran en el concepto de "proceso civilizador", cuya paternidad corresponde a Norbert Elias. Habermas y Pinker desafían las portadas y la esencia de la prensa. También frustran a los pacifistas, por el cambio de mentalidad que impone el abrazo de una causa triunfante. En este punto se bifurcan los intereses de ambos pensadores. El sociólogo alemán considera que el amortiguamiento de los instintos violentos ofrece un trampolín para la instauración de gobiernos supranacionales. El psicólogo norteamericano se centra en la adaptación progresiva del ser humano. Desmenuza detalles como la presencia de cuchillos en la mesa, inadmisible en una cultura china que se horroriza de que los occidentales coman con espadas.
Pinker ha logrado la provocación informada que justifica un ensayo. Sus cifras son incontestables, pero cuesta más aceptar que haya domesticado los mecanismos psicológicos que explicarían el arrinconamiento progresivo del recurso a la fuerza bruta. Por ejemplo, su armazón se derrumba con la violencia imperante en Estados Unidos. Para un observador indocto, la razón primordial reside en la ubicuidad de las armas, un argumento insatisfactorio por elemental para un profesor de Harvard que se enreda en los conflictos entre ganaderos y agricultores. Sobre todo, Los mejores ángeles de nuestra naturaleza no garantiza que la pacificación sea irreversible.

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