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tribuna abierta

Emigrantes

 02:33  

JORGE DEZCALLAR He pasado buena parte de mi vida viviendo en el extranjero como diplomático, que es una forma de ser algo emigrante €con todos los matices que se quiera€ pero que no obvian el hecho básico de ir a vivir lejos de la tierra donde se nació, de sumergirse en otra cultura con idioma, costumbres y gastronomía diferentes. He convivido y me he hecho amigo de muchos otros expatriados, algunos con pocos años de emigración y otros con toda una vida en el extranjero a sus espaldas y he visto repetida hasta la saciedad la escena del viejo emigrante que llegó a las Américas con una mano detrás y otra delante, que ha luchado duro en la vida, que se ha establecido, que goza de una desahogada situación al llegar a la jubilación, que ha soñado siempre con volver a su aldea natal y que cuando por fin lo puede hacer se encuentra con que la mujer le dice que ya no está dispuesta a regresar con él, que su mundo es donde están sus hijos y sus nietos, que eso son sus raíces y que ella se queda. Y él, con lágrimas en los ojos, reconoce que también se quedará y olvidará el sueño del regreso.
Hoy la emigración española es muy diferente pero igualmente dolorosa porque nadie deja por gusto su país, la familia, los amigos, los colores y los sabores que rodean a la vida, que son la vida. Se trata jóvenes muy preparados, con idiomas, con diplomas universitarios, con experiencia profesional. La imagen que proyectan de nuestro país en el exterior es también muy diferente pero el drama personal es el mismo y el país se empobrece con la marcha de sus hijos más preparados y más inquietos.
No lo hacen por gusto, emigran para encontrar un trabajo que les permita ganarse decentemente la vida. Hace muchos años, desde los setenta del siglo pasado, que eso no ocurría en España, donde, bien al contrario, hemos recibido a cinco millones de inmigrantes en la última década. Hace muy poco no se encontraban ingenieros o arquitectos españoles dispuestos a aceptar trabajos en el extranjero, aunque los sueldos fueran altos. Una gran empresa que conozco bien por haber trabajado en ella tenía que contratar en Rusia y en Brasil, donde están particularmente bien formados, a los ingenieros que quería enviar a trabajar en sus filiales del extranjero porque no encontraba españoles dispuestos a ir. Eso ha cambiado en los últimos meses como consecuencia de la crisis y de la escandalosa cifra de desempleo que padecemos, la más elevada de Europa. Algo hemos hecho muy mal.
Los que se van son una gran pérdida para el país porque son los jóvenes con más iniciativa y más ambición, los que no se conforman y quieren cambiar el mundo, que son precisamente los que más falta nos hacen porque son la lanza del progreso. Están, además, en edad de procrear, lo que multiplica la sangría que está sufriendo nuestro envejecido país.
A esa marcha se le llama fuga de cerebros y hasta ahora era algo que sufrían los países en vías de desarrollo a los que, sin embargo, no les faltaban nacimientos. No me atrevo a decir que los que ahora lo padecemos estemos en vías de subdesarrollo pero es evidente que estamos camino de ir a peor.
Hay otra subespecie de emigración, minoritaria y también dolorosa, que está directamente relacionada con la falta de medios para la investigación en España, medios que nunca han sido muy altos pero que hoy disminuyen como consecuencia de los recortes presupuestarios y que afecta a científicos que se trasladan a países que les ofrecen posibilidades profesionales de las que aquí carecen. No se mueven tanto por los sueldos que perciben como por las facilidades que se les dan para obtener satisfacción a su vocación profesional. No solo los perdemos a ellos sino también el resultado de su trabajo pues al final sus patentes se quedan fuera de España y benefician a otras economías. Los he tratado durante los años que he vivido en los Estados Unidos y todos, sin excepción, desearían volver si aquí encontraran condiciones de trabajo adecuadas. Desgraciadamente no es el caso y por eso creo que si queremos cambiar el modelo de crecimiento que nos ha hecho este descosido actual hay dos partidas presupuestarias que no solo no deberían recortarse sino que habría que potenciar pese a la crisis: la educación y la investigación.
Los que tenemos más de cincuenta debemos interrogarnos sobre la herencia que dejamos pues por vez primera en muchos años no es seguro que la vida de nuestros hijos vaya a ser mejor que la nuestra. Un hijo mío, muy en sintonía con el movimiento de los indignados, me decía no hace mucho €solo medio en broma€ que cuando su maltratada generación llegue al poder lo primero que debería hacer es quitar las pensiones a los viejos, igual que nosotros les hemos dejado a ellos sin empleo...

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