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al azar

Aprenda a usar a Krugman

 03:00  

MATÍAS VALLÉS El sobresalto continuo de la economía española se ha agitado la pasada semana al ritmo del apunte de un Nobel de Economía en su blog. Paul Krugman ha concretado los seis mandamientos de las tablas de la ley que conducen a una inmovilización de los depósitos bancarios en España, camino de la disolución del euro. La audiencia ha refrescado su inglés básico para desentrañar el remate en cuatro palabras, "End of the euro". Aunque el profesor de Princeton firma dos columnas semanales en el New York Times, a través de las cuales ha desarrollado sus presagios sobre el futuro de Europa, la religión de internet ha otorgado mayor crédito a los garabatos en una bitácora electrónica.
El ministro Montoro se ha visto obligado a replicar a la sucinta entrada del blog, negando la hipótesis de un corralito. A la vista de los incumplimientos en cadena de los compromisos del Gobierno, el titular de Hacienda hubiera tranquilizado más eficazmente a la población de haber confirmado el vaticinio de Krugman. Cabe imaginar la perplejidad del profesor, al comprobar cómo su anotación €matizada con un profiláctico "quizás, es sólo una posibilidad"€ superaba en impacto a los silencios del presidente del Gobierno y a la cháchara indiscriminada de sus lugartenientes económicos. De Guindos ha incorporado en esa semana a la antología del disparate su escapista "hemos hecho todo lo que teníamos que hacer". No es la frase que uno desea escuchar del piloto del avión en que viaja, o en labios del cirujano que se dispone a operarle. Suena peligrosamente a resignación.
El mensaje telegráfico de Krugman ha calado porque la audiencia estaba muy entrenada para recibirlo. Coincide con la percepción colectiva, excepción hecha de un Gobierno que se desentiende de su labor para descargar simétricamente sus culpas sobre la Unión Europea y sobre las autonomías. Sería difícil imaginar qué líder estatal podría dirigirse a la población para apaciguarla. Es preferible que Rajoy siga callado, dado que se ha alcanzado un desastre de suficiente magnitud sin su contribución. La Zarzuela ha abdicado de su función de arbitraje, y todos los actos de los miembros de la Familia Real se consideran ahora privados, ya transcurran en el castillo de Windsor o en Botsuana.
Tampoco cabe descartar que los vaivenes financieros pillen al responsable del poder judicial holgando en Puerto Banús. En cuanto a los partidos mayoritarios, y por utilizar una metáfora estadounidense, PP y PSOE serían incapaces de alcanzar un pacto para festejar el Día de la Madre. En situaciones de similar turbulencia, Italia y Grecia cuentan al menos con presidentes que sobrevuelan la contienda partidista.
En estas dramáticas circunstancias, Krugman se ha convertido en un padre de alquiler, aunque conviene leerlo cuidadosamente. Estricto y audaz, emite diagnósticos impecables. Ausculta a un enfermo con pericia. Con todo, ni siquiera el Nobel puede calibrar los plazos de sus pronósticos, si bien su diagrama estipula que la salida de Grecia del euro se producirá "muy posiblemente el mes próximo". Favorecido por la distancia, el profesor se ha atrevido a enfrentarse al monstruo de la economía española, frente a la docilidad de los analistas que poseían la información y la obligación de retratar la situación. La publicación al margen de los medios de masas supone otro aviso para su preeminencia en disputa.
Con todo, hay que aprender a usar a Krugman. Polemista magistral, asume el riesgo del efectismo circense. Es el heredero del legendario John Kenneth Galbraith. Sobrepasa al canadiense en la formación teórica que le ha valido un Nobel, pero le va a la zaga en el bagaje intelectual, lo cual abre un abismo entre la calidad literaria de ambos. Además, el profeta que ha vaticinado el futuro español arrastra una herida política. En los noventa, se creía destinado a encabezar la lista de asesores económicos de Clinton. Nunca obtuvo un puesto en aquel Camelot, quizás por un radicalismo que constituye la única esperanza a la que puede aferrarse la economía española.
Krugman ha cambiado de opinión en ocasiones previas. Por ejemplo, defendió medidas proteccionistas a raíz de la crisis, pese a que había abanderado antes la globalización y la deslocalización del mercado laboral. Y si el frágil Montoro insiste en desafiarle, deberá reforzar su arsenal dialéctico. El Nobel fue decisivo en la ridiculización de Bush que catapultó la candidatura de Obama. Para cambiar al inquilino de la Casa Blanca recurrió a decenas de artículos en el Times, para desestabilizar a España le ha bastado una nota de blog.

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