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tribuna abierta

No se acabó el sueño

 03:00  

JESÚS CONDE VÁZQUEZ
SOCIÓLOGO
No se acabó nada; estás enfermo, no eres culpable, tienes... depresión. Esas palabras las escuche repetir a mi médico durante el tiempo, infinito, que padecí la plaga de hoy. Más ahora es tiempo de ayudar: lo intuyo como imperativo personal.
Las posibilidades de ser diagnosticados y tratados de forma eficaz se han multiplicado infinitamente. Puede que ahora se diagnostiquen más casos, pero hasta poco, la enfermedad no "existía". Al menos para la sanidad pública. Y para los casos agudos las soluciones eran crueles. ¿Les suena el electroshock?
La enfermedad se revistió siempre de un estigma negativo, del cual aún no termina de librarse. Si te señalan depresivo, eres un flojo, un cara o un loco. Siempre culpable. O te compadecen, lo que menos necesitas. Algo más debes hacer que no haces. Y te señalan. Veredicto: tú te lo buscaste. Reacción: ocúltalo. Cosa imposible. Y no hiciste nada para evitarlo.
Un día, desparece la ilusión y los objetivos con ella. Sientes ganas de hacer nada, ni lo que más te gusta. No podrás ni con lo elemental. Levantarse es una hazaña imposible.
Y empiezas el calvario del retraimiento. Apartas de ti lo más querido: amigos, aficiones, familia, ganas de vivir. Y cavas tu propia fosa en la que todo cuanto no haces se retroalimenta para creer que evadiéndote estas mejor. Y lloras, a solas al principio. Después siempre, y por todo. Dejas de dormir. Y se cierra el círculo: sufrimiento veinticuatro horas al día, siete días por semana. Meses, años. Siempre. Pero se puede:
1. Acudir a un experto. Cuanto antes. Alguien tiene que detectar que algo no marcha bien, cosa difícil de aceptar. Aceptamos un fallo del páncreas; no del cerebro. Cuando son solo células.
Y no engañarse. Que te atienda siempre el mismo médico mientras estás en tratamiento es utópico en la sanidad pública. Ahora el PP ha decidido que va a ser peor, incluso. Vas al médico a que escuche lo mal que te encuentras. Cuando la realidad es otra: tu médico nunca es el mismo y te concede 15 minutos, con suerte. La otra alternativa es pagar de tu bolsillo. Es injusto, más esos euros te pueden curar.
2. Seguir el tratamiento a cara de perro. Sin alcohol. Sin conducir. Hay que aceptar la enfermedad y que ella te limita. Al menor síntoma de mejoría, dejarás las pastillas. Y caerás más bajo de tu punto de partida. Volver a empezar. Lo sé porque lo viví. Y si, bebes, peor. Añade efectos secundarios: estreñimiento, aumento de peso, libido cero, etc. No hay otra que la actitud de aceptación. Cuanto antes lo entiendas, mejor.
3. Hay que moverse. El cuerpo lo exige. Esto es fundamental. La ayuda de los demás es crucial: las cero ganas se dan por sabidas. Arrastrándote tienes que obligarte a hacer algo. Caminar es un buen comienzo. Aunque bien sé que puedes verlo como la conquista del Everest. Solo o acompañado, no se puede dejar de hacer ejercicio. El cansancio, además, ayuda a descansar y a cuidar el peso.
4. No desaprovechar ocasión de estar acompañado. Pero puede ser lo peor. Tienes miedo a los otros. Más son la principal o única fuente de tu curación. Si tienes la suerte de que tus seres queridos te empujen a relacionarte, considera que tienes la mitad de la batalla ganada. Yo tuve esa oportunidad y la desdeñé sistemáticamente. Un día dije: ya basta de decir no. Descubrí que hay personas que están dispuestas a estar contigo incondicionalmente. Saben que estás enfermo y te aceptan. Facebook ayuda. Mucho mejor que te relaciones de forma real.
5. Buscar objetivos. Aunque los juzgues triviales. Debes intentar llenar las veinticuatro horas de querer morir con algo que, aunque sea de forma mínima, te movilice. Leer un libro y comentarlo con alguien, ayuda. Recupera las rutinas que abandonaste: la hora de levantarse, salir de casa, comprar el periódico, hacer tareas domésticas, etc. Mi mejoría vino aquí. De repente, gracias a una persona encuentras algo que despierta tu interés. Ése es el comienzo de tu cura.
6. Fundamental. No des la paliza con tus males. Las personas que te quieren saben que sufres, pero no están exentos de problemas, que son para ellos prioritarios. No tienes prioridad. No se gana hablando de lo que sufres. Si te rechazan, al hacerlo, te ayudan. La tristeza se contagia y nadie quiere más de la ración que le tocó.
Cuesta mucho, lo sé, pero es casi gratis.
Se puede.

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