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Fuentes caminando

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JUAN CRUZ RUIZ Lo que distinguía de la fisonomía de Carlos Fuentes, que acaba de morir en México a los 83 años, era su dedo curvo y su andar despierto, su manera resuelta de hablar y su modo de mirar a quien le estaba diciendo algo.
El dedo curvo. Decía que se le quedó así (como a Cela, por cierto) escribiendo Terra Nostra, aunque otras veces decía que era por culpa de Cristóbal Nonato. Lo cierto es que el dedo de escribir lo tenía completamente curvo, como si se lo hubiera torcido para siempre en una caída infantil. Lo distinguía el dedo curvo físicamente, pero fue, en su fisonomía, el grado más sobresaliente, y metafórico, de su actitud gimnástica ante la escritura. Era un forzado, un atleta. No era, ni mucho menos, un hombre que creyera en la inspiración como agua de pronto, como diluvio. La inspiración, como recomendaba Picasso, debía hallarte ya en el taller. Y el taller donde desarrolló la curvatura de su dedo se abría a las cinco de la mañana, allá donde estuviera. Escribía en cuadernos cuadriculados muy grandes, que rellenaba con la letra veloz que distinguía también su firma; como si tuviera prisa por atender el sonido de esa pequeña maquinita que se llama imaginación.
Fuentes andando. El otro rasgo de Fuentes era su manera de andar; más bien, su modo de estar de pie. Siempre estaba de pie; se sentaba, claro, para almorzar o para escribir, pero en su casa permanecía en pie mientras no fuera imprescindible sentarse; daba entrevistas de pie y de pie firmaba sus libros en las cuantiosas ocasiones en que esto era preciso. En 1994 lo vi firmar de pie en una calle de Oviedo. Firmó cientos de libros. En ese momento le estaban dando el premio Príncipe de Asturias y por allí había una joven periodista, bellísima, a la que el escritor finalmente le dio una larga entrevista. Cuando esa joven se casó le conseguimos los editores a Fuentes (entonces yo era su editor, en Alfaguara) un recorte que le recordara aquella ocasión ovetense. La periodista era Letizia Ortiz, desde ese casamiento Princesa de Asturias. La Princesa de Asturias, Letizia Ortiz, y el Príncipe de Asturias, pues, que era Carlos Fuentes. Después de la firma y después de la entrevista, Fuentes caminó y caminó por aquel Oviedo de infinitos recuerdos literarios, y nunca se cansó de caminar... El último otoño, en Londres, cené con Fuentes en un restaurante italiano; luego tenía que hacer con su mujer, Silvia, un corto recorrido de regreso a su casa. Lo hizo en taxi. En aquella ocasión deduje que aquel Fuentes que tanto andaba se estaba cansando. Lo volví a ver de nuevo más tarde, un mes más tarde, en Aix-en-Provence. Estaba mejor, más animado para andar, pero faltó a una cena en su honor. El más atlético de los escritores del boom ya mostraba señales de fatiga.
Un modo de mirar. En aquella ocasión, en Londres, tuve el privilegio de moderar una conversación (El siglo que despierta, publicado por Taurus) entre el escritor que acaba de morir y su amigo el presidente chileno Ricardo Lagos. El temario era infinito. Lagos hablaba más que Fuentes, había que moderarlo, y Fuentes hablaba poquísimo. En un momento determinado me dijo: "Es que el presidente es él, debo escucharlo". Escuchaba con ese dedo curvo sobre la nariz, muy atentamente, como si estuviera transcribiendo lo que escuchaba. Lagos me recordó el otro día, tras la muerte de su compañero de diálogo, que Fuentes dijo, en el último minuto, y esto era insólito en él: "Ahora ya no entiendo nada". Fatigado del mundo y de lo que a éste le ocurría, el autor de La muerte de Artemio Cruz sentía el viento helado del tiempo mezclando las fichas que antes podía discernir con un verbo que ahora se le atascaba. Pero seguía mirando.
Una coda canaria. En 2002 el festival Son Latinos (Martín Rivero, Leopoldo Mansito) le concedió en el sur de Tenerife el premio anual que habían instituido para ilustres escritores latinoamericanos. En el acto hizo una presentación muy honda y estimulante (él lo dijo, "ha sido muy estimulante") Juan Manuel García Ramos. Por el aire le llego a Fuentes que era cierto su origen canario, cercano o remoto. Buscó y rebuscó datos; al final él creyó que en efecto era el militar Anatolio Fuentes, de largos bigotes floridos. García Ramos me dice que ese pariente pudo haber sido el militar de origen herreño que vivió en La Laguna y que protagoniza episodios de la novela El polvo debajo de la alfombra, de Julio Fajardo, premio Benito Pérez Armas. Una de las últimas llamadas de Fuentes, desde México, reclamaba detalles de ese origen, "porque ya estoy en serio escribiendo mis memorias, que casi están escritas". Hubo un intento de García Ramos de usar su influencia de catedrático para que La Laguna hiciera a Fuentes doctor honoris causa ahí. No fue posible; de todos modos, siempre se pensó que habría tiempo, pues este hombre que se curvó el dedo escribiendo Terra Nostra o Los años con Laura Díaz iba a ser eterno. Ahora es eterna su escritura.

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