tribuna abierta

Reducir el absurdo

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ANA MENDOZA, PRESIDENTA ASOC. "POR LA REHABILITACIÓN DEL PARQUE CULTURAL VIERA Y CLAVIJO" Incomprensibles resultan para el ciudadano normal algunas decisiones o actitudes de nuestros representantes institucionales.
Las asociaciones ciudadanas surgen espontáneamente como una necesidad ante problemas detectados, o sufridos a pie de calle, para plantear ante las autoridades competentes posibles soluciones.
Los motivos que inducen a la población a agruparse ante un objetivo común, suelen ser aspectos municipales de tipo social, económico o de infraestructuras.
Bajo la apariencia de aceptación inicial y de reconocimiento legal de una plataforma reivindicativa (Ley 5/2010, de 21 de junio, Canaria de Fomento de la Participación Ciudadana), se establece una relación desigual en la que la buena fe de determinada iniciativa popular suele verse sorprendida por actuaciones oficiales rayanas en el absurdo y tendentes al engaño, con intención palmaria de quitarse de enfrente la molestia de una conciencia colectiva que no comparten.
La confusión burocrática, la abundancia de dependencias y la multiplicidad de competencias, permiten la dispersión de responsabilidades y da facilidad para escurrir el bulto y proyectar el problema hacia otros negociados.
Hay muletillas instituidas que no fallan a la hora de recibir respuesta a una cuestión planteada: "No. Es que para esto no hay dinero". "No. Es que esto no es mi responsabilidad". "No. Es que ahora no es buen momento". "No. Es que el problema viene de atrás". En fin, siempre el "No. Es que€" por delante. O bien, amagan con el paripé de un "lavado de cara" para disimular su inutilidad.
Suelen ser tan necios que nos creen tontos a todos los demás, y que ingerimos sus buenas palabras sin capacidad de análisis.
Es cuando el espíritu de colaboración se troca en indignación y el esfuerzo ciudadano deriva hacia la firmeza reivindicativa.
Ejemplo: Desde la Asociación "Por la Rehabilitación del Parque Cultural Viera y Clavijo" se destapó el expolio de un patrimonio histórico, así como los daños y perjuicios inferidos a la población de Santa Cruz por el abandono, presuntamente doloso, de unos Bienes declarados de Interés Cultural convertidos en vertedero.
Desde un principio se planteó a las autoridades un problema humanitario que impedía iniciar cualquier obra de rehabilitación. Era el asentamiento, en condiciones infrahumanas, de okupas en las desvencijadas instalaciones del parque. Requería la intervención urgente de los Servicios Sociales.
Pareció que iba a solucionarse y que supuestamente se realojaba a los afectados. Pudo comprobarse €en visita de inspección propuesta por el concejal responsable, el pasado 20 de abril€ que los barracones de obra abandonados en terrenos del parque, habitáculo que servía de refugio a un número indeterminado de personas, se estaban desmantelando y a punto de ser retirados en camiones preparados al efecto.
Sorpresivamente, a los pocos días se observó que los mismos barracones estaban reinstalados en el mismo sitio y evidentemente habitados de nuevo.
Avisada la Policía Municipal, se le explica a esta parte que no procede el desalojo, pues si los moradores tienen enseres domésticos en el interior, se considera que es su "vivienda habitual" y que legalmente tienen derecho a ocuparla. ¿Cómo puede el Ayuntamiento facilitar y fomentar esta flagrante irregularidad? Alcanzado el absurdo, intentemos reducirlo por tanto.
Esta situación bloquea momentáneamente el proyecto de rehabilitación del parque por incompatibilidad del entorno cultural y de esparcimiento con unos pobladores marginales, cuya actitud desafiante y agresiva puede suponer falta de seguridad.
¿Cómo va a instalarse un parque infantil en zona tan crítica?
No es juicio temerario sospechar la intencionalidad oficial de mantener indefinidamente esta situación precaria e inhumana para boicotear cualquier atisbo de rehabilitación. Si así fuera, la entidad moral de los artífices de dicha premeditación y alevosía solo merece desprecio.
El absurdo quedaría reducido por insuficiente, y la indignación dejaría sitio a la vergüenza ajena.

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