tribuna abierta

La mina de oro sin oro

 02:09  

XAVIER DÒMENECH ARodríguez Zapatero le daba pánico que su mandato viera la intervención europea de la economía española, y por eso combinó la negación de la realidad con un lento rosario de medidas insuficientes, simples parches, para entretener a los observadores. A Rajoy tampoco debe de hacerle ninguna gracia, pero al menos sabe que podrá culpar al gobierno anterior. De momento, Luis de Guindos ya ha pedido o aceptado, según quien (o cuando) lo cuente, la supervisión del Banco Central Europeo en el examen del verdadero riesgo que presenta el sistema bancario. Con la prima en la Luna y la bolsa en la fosa de las Marianas, recuperar la credibilidad es lo primero.
Los mercados pegaron un respingo cuando Guindos ordenó provisionar los activos inmobiliarios "buenos" como si fueran dudosos o malos. "¿Qué podredumbres ocultan ahí dentro?", se preguntaron. Luego el ministro fue a Bruselas y pidió ayuda. Lo hizo como quien pone deberes (nosotros hemos hecho nuestra parte, ahora les toca a ustedes), pero estaba pidiendo ayuda: Dinero europeo para tapar el agujero que se descubra y que la hacienda española no llegue a cubrir. Los inversores están descontando que va a ser un agujero negro que se tragará lo que le echen.
Ya puestos en oscuridades y profundidades, tal vez la metáfora pertinente sea la mina de oro sin oro. La economía española (gobierno, bancos, grandes inversores: los que mandan) descubrió una mina de oro llamada ladrillo, y se endeudó hasta las cejas para explotarla a toda velocidad. Tanto, que menospreció los tradicionales sectores productivos y sacó a los chicos de las escuelas para ponerles a cavar. Cada día se abrían nuevas galerías, siempre a crédito, y no había problema porque el dorado metal seguía fluyendo. Hasta que empezó a disminuir y luego a escasear, y los créditos devinieron morosidades, también hasta las cejas.
El problema era, y es, que nadie ha sido capaz de decir cuánto oro queda en el fondo de las galerías; cuánto se puede sacar de ellas antes de que se sequen del todo. A cada valoración la cifra disminuye, y los prestadores temen que por este camino se llegue al cero absoluto. ¿Y si el ladrillo construido no vale ni su peso en arcilla? ¿Y si los solares no valen ni para pasto de cabras?
Nadie se cree lo que digan los bancos ni lo que calcule el regulador español, a cuyo descrédito se aplica estos días el propio partido en el gobierno con inoportuna desmesura. El máximo riesgo proviene de la máxima incertidumbre. Que vengan y que miren, y sepamos de una vez a qué atenernos. Suponiendo que por ser europeos lo sabrán hacer muy bien, lo que está lejos de ser un dogma de fe.

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